martes, 6 de agosto de 2019

Códices


“Tú que te aprovechas leyendo, no te olvides de la mano del copista para que el Señor a quien oras, no tenga en cuenta sus pecados…”
Comentario de Beato al Apocalipsis de Silos. Siglo XI.

De la mano firme y paciente del escriba iban surgiendo los signos sin aparente dificultad. Solo se guiaba por las casi imperceptibles líneas de la impaginatio que, previamente, él mismo había trazado sobre el pergamino con la tenue línea de un lápiz de plomo. Los maravillosos y pulcros renglones con la palabra de Dios iban apareciendo ante mi vista entre hipnotizada y admirada por los misterios que oculta un oficio milenario.

Había llegado aquella mañana a la abadía tras rodar kilómetros de carreteras secundarias con un tráfico escaso o inexistente. Al llegar al pueblo me indicaron el camino sin asfaltar que conducía a un monasterio que me decían en las alturas, pero cuyos muros no se veían por parte alguna. El bosque cubría las laderas y el camino que se adentraba en él, se difuminaba sin indicar hacia qué lugar debía mirar para intentar localizar alguna torre o aguja.

Ascendí por el camino siguiendo un recodo tras otro sin divisar nada durante más de media hora hasta que, tras una curva que esquivaba bruscamente un profundo barranco, pude ver como una sólida y acastillada torre cuadrada emergía entre la masa verde. Aún me quedaba un buen trecho por llegar, fue una preparación perfecta. El lugar era de una increíble belleza. La abadía casi se despeñaba al barranco desde unas pequeñas arquerías sobre unos enormes contrafuertes que la protegían de desprendimientos. La mole que formaban la iglesia y la torre que surgía a su lado, parecía vigilar y preservar desde la altura la delicada arquitectura que tenía a sus pies.

El gótico y el románico convivían sin distorsión en el interior de la abadía. El hermano Tomás, mi cicerone en la visita al cenobio era un monje pequeño, de pocas carnes y aparente debilidad. La comunidad había tenido tiempos gloriosos, así lo atestiguaba el coro de la iglesia, pero en la actualidad la veintena de monjes que tenía el convento no llenaban ni la mitad de los huecos de aquel.

Lámina 1*
Lo primero que visitamos fue el scriptorium. Era una amplia sala, llena de la luz generosa que tres enormes ventanales regalaban a un espacio lleno de códices sobre sencillos estantes que cubrían las paredes. El espacio entre ellos lo ocupaban tableros y escritorios. En él trabajaban cuatro hermanos además de Tomás que era quien estaba copiando aquel salterio. Era el encargo de un comitente extranjero. Observé el hueco dejado a la izquierda para la bellísima letra capital historiada que aparecía en el original. Eran raros encargos así. Según me decía el hermano Tomás, costaba mucho tiempo y un trabajo ingente de meses finalizar un objeto tan bello y duradero como era un códice. Las más de las veces, los encargos eran humildes copias de un único pliego de una de las bellas obras que atesoraba el convento. Me explicó que el trabajo de copia de los textos sagrados era minucioso. De hecho, había pocos errores en los códices medievales si los comparamos con otros textos profanos. Esto era debido al celo que los copistas sagrados ponían en su labor.

Me desplacé a observar el trabajo de otro de los monjes, estaba iluminando un texto ya escrito, aplicando pan de oro en torno a una gran letra capital. El texto era más sencillo que el que estaba ejecutando Tomás, pero, en el interior de la enorme letra “P”, el hábil dibujante había podido incluir la escena de la anunciación enmarcada por una sumaria, pero elegante arquitectura. Llenar de miniaturas y viñetas historiadas los huecos dejados por el copista constituía otra de las fases de una paciente labor que incluía la fabricación del pergamino, la copia, la iluminación y la encuadernación del volumen. La cubierta del códice, caso de sobrevivir, era por sí sola una verdadera obra de arte.

Lámina 2*
Tomás me explicó que lo que daba un valor añadido a su trabajo era que, en todas y cada una de las fases de aquél, incluida la fabricación de los tintes para letras y esmaltes o pinturas para los dibujos, y todos los materiales restantes eran fabricados a partir de elementos naturales y con técnicas medievales. Yo mismo pude ver cómo, delante de mis ojos, cortaba con un cuchillo y afinaba la punta de una pluma de ave con la habilidad de un experto. Los mismos monjes las lavaban y endurecían en tierra caliente. 

Asimismo, como los cálamos, todo el material de scriptorium que utilizaban (compases, punzones, reglas, cuchillos de mano, raspadores, lápices de plomo, etc., eran copias idénticas de sus predecesores medievales. La fuente de información de todas estas colecciones de objetos eran los mismos códices que copiaban, donde con frecuencia, aparecían en miniaturas los monjes trabajando.


Tomás y yo abandonamos momentáneamente el scriptorium y salimos al claustro. Me sugirió que me quedara unos días con ellos, dijo que me vendrían bien para descansar y reflexionar. Rechacé amablemente su ofrecimiento mientras quedaba admirado por la sucesión de arquerías que rodeaban el jardín. La decoración de sus capiteles, elaborada por un escultor anónimo del siglo XI, se componía de un amplísimo programa iconográfico. Animales fantásticos, aves monstruosas, leones enredados, gacelas aladas, arpías, además de bellas decoraciones vegetales se sucedían sin dejar a la vista descansar en uno solo de aquellos bajorrelieves; porque cuando lo intentabas, deteniéndote en algún detalle, ya el siguiente reclamaba tu atención.

Hablamos en el claustro sobre arte y fe. El arte, fruto de paciencia infinita y unas manos expertas que, a su vez, hacían un trabajo de inspiración divina. Y la fe que lo contenía todo como un éter que envolvía el trabajo cotidiano y los oficios litúrgicos de la comunidad. Sentía una admiración cervantina, en el sentido de incomprensible, hacia aquellos hombres, encerrados y viviendo entre la oración y el trabajo que su fundador San Benito, estableció como máxima.
—¿Qué poderosa razón puede mover a un hombre —le dije— a huir del mundo, a renunciar a tantas cosas materiales, a sensaciones y experiencias tan diversas como ofrece?
—Le contestaré a eso con una simple frase: renunciamos a mucho para tenerlo todo, por tanto —objetó— no se trata de ninguna huida. Ser monje es algo difícil de explicar para quien no ha sido llamado. Básicamente renunciamos a todo lo que constituye un obstáculo entre nosotros y Dios. Pero no huimos de los hombres, pedimos por ellos, por la salvación de todos. Nuestra vida es una búsqueda continua del Señor.
En una cultura materialista y atea como la mía —pensé—, hombres así resultan inexplicables. De ahí mi admiración por, a mi modo de ver, una renuncia inasumible.

Entramos en la iglesia. Una impresionante y diáfana nave gótica esperaba a mis ojos. Los finísimos nervios de los pilares que sostenían la bóveda la elevaban a una altura imposible, mientras una luz intensa hacía flotar las tracerías de los ventanales. Aun siendo estío hacia casi frio allí. En ese ambiente y mientras admiraba todo cuanto me mostraba, me era necesario comprender aquel retiro, a aquellos hombres, el porqué de su huida al desierto, a la nada, para encontrar a Dios.
—¿Pero, porqué alejarse, porqué separarse del mundo? —Le insistí.
El monje me miró sonriente.
—En la soledad las limitaciones desaparecen, un monje debe hacer renuncia de sí mismo para llegar a Dios. Con Él, se descubre que el mundo no es más que una pálida ilusión. Tarde o temprano todo hombre, llegada la hora, sea creyente o no, lo comprende.

Volvimos a salir al claustro y nos acercamos a la galería que se abría al abismo. El precipicio me recordó el pasaje bíblico de las tentaciones.  Me imaginé la tremenda batalla interior que debían vivir estos hombres aislados. Como si me hubiese leído el pensamiento Tomás continuó.
—Es una elección plenamente consciente. Si te olvidas de pasiones, orgullos y vanidades eres enteramente libre. Eso consigue la fe, te libera de pesadumbres y te llena de alegría y esperanza.
Le expliqué que yo era incapaz de sentirla. Probablemente porque ese concepto no complacía a mi razón, siempre con la duda como estandarte, como rémora tal vez.

Me quedé una semana en la hospedería de la abadía en la que compartí con ellos su humilde, pero estimulante vida. Medité sobre mí mismo mientras paseaba por el claustro, los veía trabajar, u oyendo sus rezos en forma de bellísimo canto que llenaba la nave de la iglesia con su sonora luz. Un tiempo que jamás imaginé pasar en un lugar así. Y me fui de allí en puridad, igualmente ateo, pero lleno de energía, revitalizado. Probablemente esa energía me la insuflaron a partes iguales el lugar, el ambiente; pero sobre todo aquel monjes sencillo y sabio compartiendo conmigo su saber en frecuentes e interesantes charlas. En el camino de regreso recordé las últimas palabras del hermano Tomás.
—Créame que no estamos tan lejos. La fe y la razón deben convivir, recuerde al Maestro de Aquino. Ambos, usted y yo, tan alejados aparentemente en nuestro diario devenir, nos buscamos a nosotros mismos. Yo copiando humildemente la palabra de Dios sobre estos pergaminos y usted, usted arrastrado más allá de la razón, haciéndose preguntas a sabiendas de que no las puede contestar.


           ***


Este texto está dedicado a las comunidades religiosas de Santo Domingo de Silos y de San Pedro de Cardeña en Burgo.

Lámina 1.  Psalterium Romanum.—S. XIII. BNE
Lámina 2. Alberto Magno, Santo. De laudibus Virginis Mariae.— siglo XV. BNE.

sábado, 8 de junio de 2019

De sueños y pesadillas


Un amigo de la facultad me había mandado una invitación a un evento en el que el arte jugaba un papel fundamental; pero no explicó gran cosa, aparte de que en él se hablaría con profusión del pintor suizo Johann Heinrich Füssli, conocido entre los británicos como Henry Fuseli. La tarjeta indicaba una dirección de un pueblo de la sierra y supe que se trataba de un viejo caserón del siglo XIX, rehabilitado con mucho dinero y mejor gusto. La lluvia caía con fuerza sobre nuestro coche mientras Martín, que se inclinaba sobre el parabrisas para ver mejor, me explicaba que iba a asistir a una singular forma de ver el arte. En realidad, yo iba a ser el único espectador realmente novel de aquello, pues todos los asistentes conocían y participaban de todo cuanto iba a ver y disfrutar.

Nuestro anfitrión, un excéntrico hombre de negocios, era un entusiasta del Romanticismo como movimiento literario y artístico y todos los años organizaba una convivencia con sus amigos y conocidos en su vieja mansión de la sierra. Había un invitado al evento como espectador, por lo general, cercano a alguno de los participantes a aquel extraño aquelarre artístico. Lo primero que me sorprendió fue ver a la entrada una pintura de Henry Fuseli, Thor golpeando a la serpiente Midgard, presidiendo el acceso. La tenue iluminación ambiental y la cuidada luz en torno al cuadro creaban una atmósfera irreal, en la que dos titánicas fuerzas mitológicas se enfrentaban en un mar embravecido.

La parafernalia romántica nos envolvía, no solo la decoración y mobiliario, sino también en detalles como la vestimenta de los sirvientes que nos atendían, todo ello muy cuidado y centrado en la primera o segunda década del siglo XIX. Martín me fue presentando gente sentada en canapés y sillas Estilo Imperio, con las mismas vestimentas que los sirvientes, pero con gran dispendio de telas caras y diseños suntuosos. En mi habitación, sobre la cama y en el armario, había ropa de época. Literalmente me transformé en uno de ellos y así pude recorrer las tertulias informales y corrillos del salón y las salas adyacentes, sin que nadie, aparentemente, reparara en mí.

Enseguida fui presentado a mi anfitrión. Era un rubicundo y sonriente hombre de casi dos metros que se paseaba entre los grupos saludando a unos, estrechando la mano a otros y portando un libro de Byron bajo el brazo. De vez en cuando abría el volumen y, con gran entusiasmo, entre histriónico y divertido, les recitaba algo con pomposa solemnidad.
Nos sentamos junto a una de las ventanas del salón. La lluvia fuera arreciaba y un fogonazo anticipó el estruendo de un trueno. Mi anfitrión estaba exultante.
—Excelente tiempo —me decía, mientras observaba mi cara de estupefacción— no ponga ese gesto, este tiempo es magnífico para mis planes, además la previsión es que continúe todo el fin de semana. ¿Sabía usted que el verano de 1816 fue extraño en extremo? 
Entre risas me contó que tal vez debiéramos a este extraño fenómeno de tiempo inusualmente frio la creación de dos mitos del Romanticismo, Dos monstruos que ya no nos abandonarán jamás; el Nuevo Prometeo y el Vampiro.
Conocía la historia mil veces contada y narrada en libros y películas. La reunión en Villa Diodati, cerca del Lago Ginebra, de cuatro genios de la literatura romántica: Byron, Shelley, Mary Shelley y Polidori en 1816. Fue aquel un verano tan lluvioso y frío que impidió a los amigos navegar y dar paseos por la campiña, lo que les incitó a escribir.  Me vino a la memoria la histriónica recreación que Ken Russell hizo de este episodio en su filme Gothic, frente a la mejor llevada de Gonzalo Suarez en Remando al viento. Es posible que mi elección mental se debiera a que, presidiendo aquel rincón del salón, estaba una de las obras más conocidas de Fuseli: La pesadilla; cuadro que es visualizado y recreado por Russell en el filme. Nuevos relámpagos iluminaban el rostro demoníaco del íncubo que acecha a la dama. Si la intención de mi anfitrión era sumergirnos en los misterios de la poética romántica, a mi entender lo había logrado. Bien era cierto que en todo aquello había un punto de exceso; pero no lo era menos que, con imaginación, debía suplir el láudano que circulaba entre los protagonistas de hace dos siglos, para que entráramos en el trance necesario.

Pero si había pensado que todo aquello no pasaba de ser la locura de un hombre que no sabía cómo gastar el dinero, me equivocaba de medio a medio. La noche siguió con una cena, donde corrió el vino y fueron recitadas poesías de Percival Shelley, Lord Byron, fragmentos de El Vampiro de Polidori y pasajes del Frankenstein de Mary Shelley. A la mañana siguiente en otro salón acondicionado como pequeño teatro, una profesora con acento inglés dio una disertación sobre las ilustraciones que Fuseli hizo de Shakespeare. Era sorprendente que el gran artista llegara a la pintura tardíamente, convencido de ser más un ilustrador de literatura que un pintor de genio, pero así fue. Mientras ella hablaba, las imágenes se proyectaban en la pantalla, mostrando personajes del gran dramaturgo recreados por la mente de Fuseli. Al final de la charla nos recomendó encarecidamente una magnífica obra sobre el tema.  Fuseli, Shakespare’s Painter, de Giulio Carlo Argan.

No fue esa la única disertación. El domingo por la mañana asistimos a otra en la que un profesor de arte nos sumergió en el ambiente de pesadilla y sueños que fue el mundo onírico de Fuseli. No solo se centró en el maestro suizo, del que tenía materia de sobra, sino que se acercó a él comparándolo a otro genio de nuestro arte, contemporáneo suyo: Francisco de Goya. Fue una conferencia memorable en la que tan pronto el sueño de la razón producía monstruos, como que estos eran creados por ella directamente, apenas velados por los limpios ropajes de nuestra civilización.
Comidas y cenas se transformaban en episodios creativos, influidos por los vapores del vino que desinhibía a los menos lanzados. Se recitaban poesías propias o fragmentos de obras ya creadas. También algún dibujante trazaba en carboncillo imágenes mitológicas, oníricas o dramáticas inspiradas en Fuseli, mientras un hombre de letras leía en voz alta alguno de los aforismos del artista. En otras ocasiones breves performance, recreaban momentos imaginados en aquella villa del lago y otros salidos de la imaginación de sus autores. Todo valía y todo era invención e ingenio, con gran gusto de los presentes.

En compañía de nuestro anfitrión, recorrimos las salas del viejo caserón, todas contaban con una o varias reproducciones de tamaño real de los cuadros de Fuseli. No eran pinturas propiamente dichas, sino facsímiles de gran calidad que simulaban perfectamente el ambiente que se deseaba crear. Supuse que cada año cambiaba el autor y la temática, pero siendo que la casa estaba perfectamente ambientada en el primer tercio del siglo XIX, cualquier pintura romántica encajaba como un guante en aquel decorado. Pero iba de sorpresa en sorpresa, mi cicerone no solo era un entusiasta más o menos informado del tema que le gustaba, era en realidad un verdadero experto en pintura del siglo XIX. Su conversación no desmerecía a las de sus muchos invitados, prácticamente todos profesores de historia del arte, o de literatura, escritores, historiadores y artistas de todo pelaje.

La última velada nos reunimos con expectación en el salón de actos donde habían tenido lugar las disertaciones. El telón estaba bajado y había un murmullo general de intriga. Lo que iba a ocurrir al levantarse la tela, solo lo sabían el anfitrión y un reducido grupo de sus acólitos. Sin música y sin anuncio alguno el telón se levantó lentamente mientras el público permanecía en un respetuoso silencio.
Apareció en medio de la escena un hombre de edad indefinida, pronto supimos que se trataba de Henry Fuseli interpretado por un actor. Iba ataviado con las mismas ropas y el mismo peinado de un retrato que le hicieron cuando no debía tener más de cuarenta años, que yo había visto en una de las salas. Fuseli, sentado en un escritorio, garabateaba con una pluma febrilmente y de pronto se levantó y comenzó a hablar. Se inició con un extraño exordio, formado por algunos de sus aforismos célebres: tales como:
“La belleza, aislada de cualquier otro aspecto, puede desembocar fácilmente en la banalidad, saciándonos como nos sacia la posesión.”
“La abundancia raramente logra comunicar el sentido de la grandeza.”
“Sólo una inagotable fatiga puede llevar hacia la perfección; sólo el solemne e imparcial fluir del tiempo abre las puertas de la inmortalidad.”  [i]


Después comenzó a charlar en un lento y melodioso monólogo:
Belleza, grandeza e inmortalidad son fines en sí mismos a los que aspira el artista. Yo los he perseguido cabalgando el negro corcel de la noche, apremiando los sueños como lúcidas visiones celestiales. Las pesadillas, hermanas tenebrosas de aquellos son, en cambio, simas a través de las cuales la mente se sumerge en los resplandores del averno. Otra realidad se esconde tras las veladuras de Morfeo. dioses y demonios oprimen el alma del durmiente como guías a otra realidad, quien sabe si más verdadera que esta en la que os hablo. No durmáis pensado que sois libres, no dejéis que ellos os gobiernen cual desbocada yegua en tiniebla, no penséis, como decía Adison, que el alma, libre del cuerpo, imagina; pero yo os digo que el alma sin consciencia la gobiernan otros…
Sus hipnóticas palabras nos envolvieron a todos, mientras seres de pesadilla eran reflejados en la pared del fondo. El telón bajó y todo quedó en penumbra. Nos retiramos a nuestros aposentos extrañados, como poseídos del alma de Fuseli. Aquella noche soñé, pero fue tan denso el sueño que mi mente protegió mi alma de súcubos y alimañas. Ya no volvería a mirar un cuadro de Fuseli sin estremecerme.
Hay personas que viven fuera de su época y añoran mundos pasados con otros ideales más puros, promesas de vida o principios distintos a los de ahora, todo tan idealizado como falso. Seguramente conscientes de ello, de sus fantasías y soportando a duras penas la realidad que lo contiene todo, viven una vida de sueño. Tal vez los sueños no sean tan malos, si lo pensamos, cuando el presente no nos ofrece nada, a menos que, esos sueños, tan deseados y necesarios, se conviertan en pesadillas.


[i]   González Serrano, C. J.: El pintor de la oscuridad: aforismos inéditos de J. H. Füssli
https://elvuelodelalechuza.com/2017/06/28/el-pintor-de-la-oscuridad-aforismos-ineditos-de-j-h-fussli/



viernes, 19 de octubre de 2018

Castillo


La carretera serpentea agradablemente atravesando suaves cerros cubiertos de encinas. Hace apenas una hora, ni sabía que me iba a poner en camino, lo cual da a mi excursión un aire de improvisación más ficticio que real y sin embargo me hace sentir bien. Mi vehículo no recorrerá un trayecto largo, apenas ese mismo espacio de tiempo para llegar a mi destino; pero la sensación es que estoy apartado. Es algo que se puede conseguir sin apenas pensarlo, no vende tanto como ir al desierto del Sáhara o perderse en las estepas rusas, pero si uno quiere buscarse a sí mismo en la naturaleza, no hace falta alejarse mucho. La carretera está plagada de curvas, pero no es mala y no llevo prisa. Es un día de diario, feriado únicamente para mí, por lo que sin obligaciones a la vista he cogido la cámara, un cuaderno de notas y me he puesto en camino.
He dejado atrás varios pueblos tranquilos, a pesar de que las banderitas que cuelgan de un lado a otro de sus viejas casas anuncian que están en fiestas. Veo de pasada al atravesar sus calles angostas y entrañables, la torre de sus iglesias y recuerdo que esta es tierra por donde anduvo Pedro de Tolosa, un maestro cantero que dejó su impronta renacentista en estas tierras fronterizas entre las provincias de Toledo y Ávila. La omnipresencia de Gredos es patente aquí. En la antigüedad, incluso en época medieval la sierra debió ser una amenaza latente, una presencia abrumadora y aún sobrecoge aproximarse a ella desde la llanura del Tajo. Para las gentes de las llanuras, la montaña, con sus imponentes farallones, es vista acaso como la morada de los dioses, y nos aproximamos a ella como las helénicas gentes se relacionaban con el inaccesible Olimpo.
Mi destino no estaba fijado de antemano, pero había pensado visitar un castillo. No tengo ninguna intención de bucear en su historia, cosa que haré seguramente, solo deseo deleitarme recorriéndolo. Soy algo romántico en ese aspecto, me aproximaría a él como lo haría en el siglo XIX uno de esos viajeros extranjeros que, con una fantasía desbordante, dibujaban sus ruinas y contaban historias imaginadas entre sus muros.  Sus lejanos lectores debían figurarse Castilla como la tierra de la fantasía, poblada de fortalezas en ruinas, donde la vegetación y las almas de sus moradores daban a sus desmochadas torres, de aspecto decrépito, un aire de misterio. Mas mi castillo no está en ruinas ya, ha sido primorosamente reconstruido, y cuando lo califico así, no lo digo con segundas intenciones. Se ha hecho aquí un trabajo de primera y para atraer a los visitantes se ha musealizado convenientemente.
Mi primera impresión al ascender por la cuesta que me lleva a su cerca es volver a la infancia. Me imagino a mí mismo esperando ávidamente la llegada de mi hermana a casa tras el trabajo. Lo que trae para mi cumpleaños es pura fantasía para un niño de mi época, un juego de construcción de un castillo, pequeño aún, preludio del que tiempo después, ya más grande y complejo, me traerían los Reyes Magos para las navidades. Creo que nunca he sacado más partido a un juguete en toda mi niñez. Qué gran poder tiene ésta para vislumbrar nuestra vida futura.
La fortaleza tiene dos cercas, una primera más pequeña, la barrera o barbacana de trazado irregular que rodea al muro principal, defendida por fuertes cubos que protegen a una cerca rectangular mucho más elevada. Avanzo para cruzar el puente levadizo sobre el foso y accedo a la primera cerca entre dos torres. Confieso que, a pesar de mi escasa belicosidad, me dan ganas de ponerme la armadura, tomar las armas, calarme el yelmo y subir por esas escaleras a defender el recinto de inexistentes huestes de sarracenos armadas hasta los dientes. Recuerdo con una sonrisa a Woody Allen diciendo en una de sus películas aquello de: "No puedo escuchar tanto Wagner... ¡me dan ganas de invadir Polonia!". Sin duda el ambiente condiciona y lo solitario del lugar da alas a mi imaginación quijotesca.
Un letrero me indica que se pueden adquirir entradas para la visita en el interior de la fortaleza. Aún no me topado con un alma, cosa que me extraña, todo parece abierto. Entro por la puerta principal defendida por un espectacular matacán que amenaza a los visitantes desde las alturas.
Un guía del castillo me vende la entrada e indica que antes de la visita debo ver un video explicativo. Me hace entrar en una sala de proyección con aire de refectorio de convento, larga, estrecha y muy grande para un solo visitante. Me sorprendo escuchando las explicaciones del corto sobre la historia del castillo, más solo que la una y escuchando de fondo a un gato maullar tras una puerta que hay a mi derecha. Es todo un tanto surrealista, pero tiene su encanto.
Una vez en el interior del castillo, en lo que sería el patio de armas, el guía y yo hablamos un rato sobre la fortaleza, su historia y, amablemente contesta a todas las preguntas que le hago. Su perro guardián nos contempla con desinterés y una vez comprobado que no soy una amenaza para su dueño se aleja y desaparece de mí vista. El guía me indica cómo puedo hacer el recorrido por el castillo y los lugares de interés. Me deja a mi libre albedrío moverme por todo el recinto sin ninguna restricción más allá de aquellas que son de sentido común. Jamás me hubiese imaginado algo así, es como un pequeño regalo, teniendo en cuenta que, en todo el recorrido, que no duraría más de una hora, no me topo con ningún otro visitante. Solo y entre piedras muchas veces centenarias. ¿Se puede pedir más?
Voy de sorpresa en sorpresa, tal vez la mitad del recinto principal lo ocupa una antigua iglesia gótica. Se mantienen en pie sus bellos pilares y el arranque de sus arcos apuntados, con las siempre extrañas marcas de cantería, aleatoriamente repartidas aquí y allá en sus bien trabajadas formas. Es una iglesia de tres naves, amplia, rematada por un elevado ábside. En realidad, la iglesia precede en el tiempo al castillo, que aprovechó su enorme cabecera para convertirla en una impresionante torre del homenaje semicircular. Lo extraño de esta iglesia no es que se convirtiera en fortaleza, hay muchos ejemplos de ello, sino sus dimensiones, sorpresivamente grandes en el siglo XIII, para dar consuelo espiritual a la que no sería entonces más que una pequeña aldea.
Accedo a la otra parte del recinto, un palacio a todas luces renacentista, con sus bellas arquerías, su escalera precedida de un magnífico arco sobre capiteles ménsulas, y llego a los corredores de la primera planta que me dan una panorámica del patio magnifica. En las enjutas de los arcos se ven los blasones de sus antiguos dueños: el menguante lunar de Don Álvaro de Luna y el mantelado sobre dragón de Don Beltrán de las Cuevas, signos de pasadas glorias. Todo de buena cantería, muy reconstruido eso sí, pero respetando lo existente y distinguiéndolo de lo nuevo.
Estoy ansioso por subir a las alturas, a pesar de saber que lo pasaré regular. Mi mal de altura se ha acrecentado con el tiempo. El vértigo no viene del temor a caerse, sino de la atracción que ejercen los abismos. No sé si fue Sartre el que dijo aquello de que: “…lo peligroso de subirse a un muro alto no es que puedas caerte, es que puedes tirarte”.  En fin, lo cierto es que llego a la parte de arriba del ábside sobre la torre del homenaje, pero allí no hay una panorámica del exterior, está solo parcialmente reconstruido. Sin embargo, descubro que, para llegar a una interesante torre albarrana, similar en función a las que hay en la Ciudad Invisible, tengo que pasar por un adarve que apenas mide ochenta centímetros de ancho. A un lado del adarve están las almenas, y el vació al otro solo separados por una, para mí, invisible barandilla. Calculo que son unos cincuenta o sesenta metros que se me van a hacer muy largos. Los atravieso como un caballero medieval accede a un ordalía necesaria para probar su valor.
Aprecio desde allí el panorama interior, el solar de la iglesia, e imagino a feligreses del pasado escuchando las incomprensibles palabras latinas del sacerdote. También conjeturo la sombra de silenciosos centinelas en las negras y frías noches de invierno, gente anónima, ánimas tal vez perdidas, tal vez unidas a Dios para siempre. Únicamente los blasones hablan de nombres, pero ¿qué son los nombres? ¿Qué es verdaderamente la memoria, un símbolo, una realidad? Estos pensamientos me retrotraen a pasadas lecturas. “…los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo se lo traga la nada.”[1] Nos da miedo el vacío, nos da miedo saber que no seremos, como no lo fuimos. Tal vez por estas razones construimos, creamos arte, escribimos, luchamos y amamos, tenemos fe, gobernamos y vamos más allá que otros. Pretendemos permanecer, seguir viviendo, no sé si como lo decía Unamuno.
 “No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí…”
Salgo del castillo con una sensación agridulce, el recorrido no muy largo me ha regalado multitud de sensaciones: misterio, admiración, eternidad, euforia al vencer el vértigo, sensación de pérdida y miedo existencial. Todo ello te lo puede dar una pequeña excursión sin pretensiones, sin intención apenas, aunque tal vez ese apenas no necesite mucho para hacer germinar la imaginación.
Vuelvo a mirar los muros, y siento los murmullos del pasado, susurros que las secretas piedras mantienen en el tiempo, porque únicamente ellas parecen imperecederas, solo ellas resisten, tienen memoria y dan fe de las gentes que las habitaron.


[1] ECO, UMBERTO. Apostillas a El nombre de la Rosa. Palabra en el tiempo. Lumen 1984.

martes, 5 de junio de 2018

Red House


Una casa de cuento, eso es lo que es Red House. Esa es la primera impresión que te llevas al contemplar las cubiertas inclinadas, los muros de ladrillo rojo en los que se abren ventanas de formas circulares y apuntadas, o el pozo, con un fantástico tejadillo puntiagudo que ha quedado para los restos, como la icónica cubrición de los castillos medievales. Sin duda William Morris buscó en el Medievo las formas que en su imaginación representaban lo genuinamente bello de un pasado no por menos idealizado, menos necesario para construir su ideal de vida. No importa que la inspiración viniera directamente del gótico francés, ni de su más cercano Estilo Tudor, William quería moverse, trabajar y vivir en una casa que podía situar en algún lugar de su mente en aquella mítica Camelot de las leyendas artúricas. 
Pero William, un hombre incalificable e inclasificable, no solo contempló su huida al pasado en la arquitectura de su vivienda. Cada objeto que en ella hay, desde las vidrieras de las ventanas, los tapices, los muebles, las pinturas, la decoración de las puertas, las alfombras, hasta el último detalle por pequeño que sea, que puebla y decora esta casa, recuerda a ese pasado real de Chaucer o menos real de Arturo y tiene siempre como estandarte la belleza.
Casi puedo imaginar las reuniones que tenían lugar en aquella casa donde Morris haría de maestro de ceremonias, vestidos todos con ropajes medievales. Lo veo junto a sus amigos y colaboradores, aquellos mismos amigos que decoraban con total libertad cada habitación, cada rincón de la casa. Seguramente se veían como aquellos caballeros que, en torno a la tabla redonda, rodeaban a Arturo en busca del Grial místico. Para ellos el progreso no era en absoluto alentador, ni para ellos ni para la mayoría de la gente. El mundo real en el que se movía Morris eran las feas y contaminadas ciudades industriales británicas de la segunda mitad del XIX, donde todo atisbo de trabajo artesanal propio de los tiempos pretéritos había desaparecido. Los obreros vivían una misérrima existencia ajena a todo arte que vive, poco o mucho, en cualquier artesano. Un trabajo mecanizado, abrumador, deshumanizado que lleva a la alienación, no podía pasar desapercibido a Morris y, partiendo como siempre ocurre en la literatura, de un utópico pasado, denuncia una realidad absolutamente inasumible por una mente decente.
Llego a la exposición en el justo momento en el que va a comenzar una visita guiada. No suelo unirme a ellas porque me gusta vagar por lo expuesto con total libertad; pero sin que me dé cuenta estoy escuchando la exposición de la mujer que se encarga de esos menesteres. Habla con calma, la precipitación asfixia a los oyentes, que no quieren, que no deben saberlo todo, pero ella no actúa así. Busca puntos de interés, de observación, de reflexión, el personaje lo requiere. Recorro las pocas salas tras del grupo, no quiero verlo todo a primera vista, sé que nada más acabar la charla volveré a empezar a mi ritmo y me detendré donde me plazca. La exposición no es extensa, pero con la cuidada selección y esmero que la Fundación Juan March suele ofrecer. Cuatro o cinco salas nos llevan por un recorrido fascinante de objetos utilitarios y bellos a un tiempo, que muestran una poderosa personalidad creadora, la de William Morris y el movimiento Arts and Crafts. 

Pero ¿qué se puede decir de este hombre para no quedarse corto? Probablemente nada de lo que diga lo definiría con claridad y totalidad. Morris es uno de esos artistas que no se detiene en una única rama del arte, un hombre del Renacimiento que amaba el Medievo y que vivía en época victoriana. Un artista fuera de tiempo, que lo aprovecha hasta límites sobrehumanos, pues así debe ser aquel que toca tantos palos en una sola vida. Empresario, artesano, escritor, impresor, ilustrador, tejedor, tipógrafo…todo arte le fascinaba y lo practicaba; pero sobre todo aquél que nace desde el artesano, desde el anónimo hombre que no va a firmar su obra, que no pasará a la posteridad ni a los museos. Y del mismo modo que el arte nace desde el humilde taller, no debe llegar únicamente a unas élites ilustradas sino a todo ser humano capaz de usarlo y al mismo tiempo admirarlo. Porque él admiraba lo bello, pero siempre dentro de la utilidad. 
Dignificar a ese anónimo personaje creador de las vidrieras de una catedral, escultor de sus góticas formas, iluminador de códices maravillosos, ese era su fin. Un camino del arte que hace del individuo su principio y conclusión y que en consecuencia es absolutamente totalizador. Amigo de Edward Coley Burne-Jones y de Dante Gabriel Rossetti, Morris conoció a través de ellos la pintura prerrafaelista y las teorías estéticas de John Rusky. Se movió, por tanto, en un entorno fascinante y creador, que él mismo prodigó desde su emprendedora actividad empresarial y artística.
Admiro los finos diseños de sus papeles y tejidos pintados, hechos con tintes naturales vegetales que le dan unos tonos suaves y delicados. Son estampaciones a partir de patrones de madera y sus tenues tonos daban al resultado un acabado similar al que provoca el paso del tiempo. Su decoración es vegetal, repetitiva, que imita la naturaleza en su exuberancia, pero no aburre, sino que regala a los ojos esa sensación de plenitud que nos conmueve cuando los modelos reales nos rodean.
La vista no es capaz de seguir el ritual de un recorrido bien definido porque, no bien se fija uno en una pieza de azulejería, que permite la repetición con mayor prodigalidad que los papeles pintados, o en los muebles sencillos pero decorados con gran gusto, o los artículos de escritorio o piezas de cerámica, ya ha fijado uno los ojos y aun el alma en las magníficas vidrieras. Si un arte es reconocible en el mundo gótico son ellas, que pueblan los impresionantes ventanales de esos monumentos misteriosamente luminosos que son las catedrales. En cierta ocasión visité la catedral de León, era un día lluvioso, triste, no era el mejor día para ver y admirar la luz entrar por aquellos ventanales; sin embargo, al penetrar en la catedral me emocioné, la luz seguía siendo impresionante. No he vuelto allí, lo que sí recuerdo es haber pensado: “Si esta luz atenuada por las nubes y tamizada por esas magníficas vidrieras es tan poderosa, qué no será un día con la intensa luz del sol”. La iniciativa de este movimiento artístico no solo puebla las iglesias con ellas, también invaden el espacio privado, las casas, y su resultado no es menos espléndido. Explicar su contenido es inútil, basta contemplarlas, con eso es suficiente.

Pero, si por algo tengo debilidad es por los libros y es en ellos donde me detengo más. Morris investigó y diseñó nuevos tipos de letras que luego aplicó a estupendos ejemplares de obras clásicas y a la narrativa suya. No solo se quedó en las letras, en sus formas, sino que, imitando esa obra de arte supuestamente menor que son los códices medievales, rodeó aquellas con una decoración exuberante que hizo de sus libros objetos de arte únicos. Y no me estoy refiriendo solamente a la decoración interior, (letras capitales, tipos, decoración grutesca) sino a las portadas, en las que colaboraron pintores de la talla de Rossetti.
Me voy con pena de la exposición, cada pieza, cada cuadro es irrepetible allí.  Cuando finalice la exposición, eso lo saben quiénes con dedicación la han montado, todo será un sueño, por eso escribo estas letras, para perpetuar en mi mente las sensaciones que recorren mi espíritu al admirar cada tejido, cada pieza de cerámica.
Al regresar a casa busco información sobre los libros que escribió William, la mayoría obras sobre arte y ensayo, poesía e incluso de política; pero descubro con sorpresa que también escribió ficción. La última de sus obras se titula Sundering Flood, fue publicada póstumamente en 1897 por su hija. El final de esta obra lo dictó Morris en su lecho de muerte. No cabe más novelesco final. Se trata de una novela fantástica con elementos sobrenaturales que recuerda los libros de caballerías. Al principio de esta incluso aparece el mapa de una región totalmente inventada, (algo que me ha recordado a J.R.R. Tolkien) donde se desarrollan los hechos en torno a un gran río, que da nombre a la novela. Parece que la culminación de su polifacética vida artística que no se separó mucho de su cotidianeidad, fue esta obra de ficción, ideal de sus sentimientos, de su destino vital. Fue la cúspide de una intensa vida, llena de logros empresariales, artísticos y también sociales.
Creo firmemente que cuando el mundo que te toca vivir no te gusta, es lícito que puedas crear uno a tu medida. Si pensamos que todo esto es una utopía y una pérdida de tiempo propia de ilusos, debemos meditar sobre la necesidad de todo ser humano de forjarse un destino, un ideal de vida, algo que nos enganche a ella para siempre, que nos aleje de la nada. La vida no espera, eso, en definitiva, lo hace la muerte. 


martes, 27 de febrero de 2018

El rumor de la vida


La hallé haciendo limpieza en el desván de mi casa. Estaba guardada en su marchita funda de cuero marrón al lado de otros objetos del pasado de mi familia. La caja contenía pequeñas reliquias inservibles, aquellas que nos resistimos a tirar por su valor sentimental y porque son objetos que tocaron nuestros seres queridos. Son, al margen de las fotos, lo único material que nos queda de su recuerdo.
La cámara, una Univex sencilla de los años cuarenta, la habría comprado mi padre tal vez en los cincuenta, unos cuantos años antes de que yo naciera, poco o nada de ella correspondía ya a mi mundo material. En aquellos tiempos de penuria, la vorágine de innovación y frenesí técnica que nos invade hoy habría parecido un cuento utópico, una fantasía futurista en la mejor línea de Asimov o Ray Bradbury. Probablemente era un modelo réplica bajo licencia americana que se fabricaba en España por aquellos años. Su sencillez es tal que parece sacada de un museo de la prehistoria de la fotografía. Desde el punto de vista material su valor es mínimo; pero para mí lo tiene en el plano sentimental, pues aún recuerdo haber jugado con ella de niño, cuando ya era por entonces un objeto obsoleto e inservible. Su supervivencia en la casa de mis padres y después en la mía es uno de esos misterios que nos sorprenden por fortuitos, porque docenas de objetos que nos pertenecen y que apreciamos, desaparecen sin más en algún momento de nuestras vidas. Es más que probable que algunas de las escasas fotos que aún conservo de cuando era niño están hechas con ella. Es como si, adentrándome en esta humilde caja oscura pudiera rememorar mi niñez, un mundo material y espiritual desaparecido en una pequeña casa de un barrio obrero de la Ciudad Invisible.
En este tema soy de los que creen, contradiciendo mis postulados racionalistas, que las cosas no suceden por que sí, que hay una compleja e invisible red de relaciones entre los objetos y los sucesos, las ideas y las personas para conformar y entretejer nuestra vida, y que todo ello, si sabemos condimentarlo bien, se trasmuta en una forma de arte de vivir. Por eso, cuando días después de recuperar este pequeño objeto mágico que acabo de describir, recibí la invitación de un amigo para que asistiera a una insólita sesión de cine, supe que ambas cosas estaban relacionadas.
El viejo cine se hallaba en un barrio céntrico de la capital, una de esas calles que conserva el valor de lo castizo al margen de que se haya convertido en entorno de moda entre las gentes con posibles. Me llamó la atención el hecho de que la finca en cuestión no hubiese sido sustituida por una cadena de tiendas de moda, o por un restaurante de cocina rápida o alternativa. Seguía siendo un cine, y su aspecto era el que bien pudiera haber tenido décadas antes, cuando esas acogedoras salas oscuras eran templos de los dioses, un lugar al que acudíamos para ver las maravillas que no se podían contemplar de otro modo.
Había una razón por la que un local así había sobrevivido a la especulación y a la destrucción de esas salas entrañables. Una excéntrica mecenas, “forrada” de dinero y enamorada del viejo cine de su infancia, había decidido comprarlo y restaurarlo, y no solo había hecho eso, sino que lo había insuflado vida. Cada fin de semana en sesión única proyectaba películas clásicas. Lo hacía sin cobrar la entrada, hasta llenar el aforo de la sala, y ella misma se reservaba una butaca para asistir a las proyecciones. 
Si el exterior del cine era evocador, el interior lo era en grado sumo. Del primero me sorprendió la cartelera en la entrada que mostraba, además del cartel oficial de la película, distintos fotogramas de esta. Era una práctica que se hacía en tiempos de mi niñez y adolescencia, que había olvidado por completo. Todos los invitados eran recibidos por un empleado de uniforme y acomodadores de ambos sexos nos esperaban y distribuían en el interior de la sala. 
Cuando se hubieron apagado las luces, los pude ver pulular por los pasillos con las linternas acomodando a los rezagados. El interior se asemejaba a un teatro, con sus finas columnas de fundición, el suelo enmoquetado, la pantalla cubierta por una cortina y las butacas color rojo borgoña. Al pisar la moqueta sentí el retorno del tiempo pasando bajo mis pies. Ese característico sonido de pasos atenuados eran unos segundos de transición al maravilloso mundo de los sueños. Recordé con pesar distintos cines de la Ciudad Invisible hoy desaparecidos, algunos incluso físicamente, otros abandonados en espera de una utilización más prosaica de su espacio. El cine Marjul, El Calderón, El cine del Prado, El Coliseum y el de mi niñez, el más visitado en ella, el por entonces Cine Palenque, hoy un magnífico teatro. Se conservan en mi memoria en nítidos flases, al igual que los recuerdos de las películas que visioné y las gentes con las que fui a verlas. Entonces no hacía falta ir a cada cine a ver las carteleras; en la plaza, en unos expositores adosados a una fachada de una de las casas de esta, informaban de los filmes que en cada cine se proyectaban. Se hacía, como he dicho antes, a través de fotogramas.
Las cortinas de la pantalla empezaron a descorrerse a la vez que las luces se apagaban. El filme, titulado Smoke, lo había visto en su estreno allá por los años noventa; pues a pesar de lo desconocido entre el gran público es, al menos para mí, un clásico. Todo esto si hacemos caso, eso sí, a una de las múltiples definiciones del término clásico que Italo Calvino da sobre ellos en el glorioso prólogo de uno de sus textos.
Fue como volver a leer un libro.  Cuenta las vivencias de un estanquero y de la parroquia de clientes que acuden a su tienda. Es una preciosa historia que no debe ser contada, ni siquiera resumida. Quien no la haya visto se pierde una verdadera lección de cine, una de esas pequeñas joyas que se hacen con pocos medios, actores de primera y un gran talento. El guion sigue las directrices del universo de Paul Auster; porque es el propio Auster el que lo compuso y se nota su mano desde el primer momento. Todos los personajes de la película tienen alma y los actores que los representan, hasta el último de ellos, hacen un trabajo memorable.
Rescataré únicamente una escena que me fascina. En ella Auggie, el estanquero, interpretado magistralmente por Harvey Keitel, saca un trípode todas las mañanas que echa Dios al mundo para fotografiar su calle, la misma esquina todas las mañanas a la misma hora. En teoría la misma imagen. Cuando uno de sus parroquianos, un escritor en horas bajas interpretado por William Hurt le pregunta extrañado porqué hace siempre la misma foto, el estanquero le contesta que efectivamente son iguales y no lo son. Cada una es distinta de las otras: la luz de verano, de invierno; el tiempo lluvioso o soleado; días festivos o laborables; las personas que pasan con ropa de verano, de invierno, a veces las mismas personas que ser repiten, otras no, pero todas posando sin saber que forman parte del plan de un demiúrgico fotógrafo.
Recordé a Heráclito y su teoría del devenir, esas corrientes de vida que no son sino personas que discurren a nuestro lado; un cauce que se resume en tiempos de vida, en cruces causales o casuales que terminan siendo decisivos o triviales, según nuestro estado de ánimo tenga el valor de transformarlos en una cosa o la otra. Esta película no es solo una buena película, es un reflejo del rumor de la vida, que lenta e inexorablemente se escucha cada minuto del filme y que transcurre anónimamente en ese rincón del mundo.
Cuando las luces de la sala se encendieron y la gente comenzó a desfilar, me quedé un rato sentado mirando pensativamente los créditos, mientras continuaba la banda sonora de la película. Admiro a la gente que es capaz de ser consciente de este acontecer de las cosas, de ese humilde y diario transcurrir y convertirlo en arte. Porque arte es esencialmente la consciencia y el cine tiene esa magia.
Los más de nosotros no somos receptivos a ese influjo, a esa pulsión de fondo más que en momentos puntuales, aquellos en los que sonreímos a la cámara de un amigo o un familiar. Luego, al pasar las páginas de un álbum, nos miramos extrañados al vernos en esas instantáneas. Nos extrañamos porque creemos que no cambiamos, que somos siempre los mismos, la misma foto repetida una y otra vez. Pero no, no somos nosotros, ya no. Esos múltiples “yo” se perdieron en el cajón del olvido, y únicamente esas imágenes nos dan fe de que alguna vez fuimos alguien, de que vivimos y lo seguiremos haciendo para los seres queridos que nos sobrevivan. Esas imágenes y los objetos que nos pertenecieron serán testigos mudos, pero testigos a fin de cuentas, como lo es aquella vieja cámara olvidada en mi desván.