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viernes, 19 de octubre de 2018

Castillo


La carretera serpentea agradablemente atravesando suaves cerros cubiertos de encinas. Hace apenas una hora, ni sabía que me iba a poner en camino, lo cual da a mi excursión un aire de improvisación más ficticio que real y sin embargo me hace sentir bien. Mi vehículo no recorrerá un trayecto largo, apenas ese mismo espacio de tiempo para llegar a mi destino; pero la sensación es que estoy apartado. Es algo que se puede conseguir sin apenas pensarlo, no vende tanto como ir al desierto del Sáhara o perderse en las estepas rusas, pero si uno quiere buscarse a sí mismo en la naturaleza, no hace falta alejarse mucho. La carretera está plagada de curvas, pero no es mala y no llevo prisa. Es un día de diario, feriado únicamente para mí, por lo que sin obligaciones a la vista he cogido la cámara, un cuaderno de notas y me he puesto en camino.
He dejado atrás varios pueblos tranquilos, a pesar de que las banderitas que cuelgan de un lado a otro de sus viejas casas anuncian que están en fiestas. Veo de pasada al atravesar sus calles angostas y entrañables, la torre de sus iglesias y recuerdo que esta es tierra por donde anduvo Pedro de Tolosa, un maestro cantero que dejó su impronta renacentista en estas tierras fronterizas entre las provincias de Toledo y Ávila. La omnipresencia de Gredos es patente aquí. En la antigüedad, incluso en época medieval la sierra debió ser una amenaza latente, una presencia abrumadora y aún sobrecoge aproximarse a ella desde la llanura del Tajo. Para las gentes de las llanuras, la montaña, con sus imponentes farallones, es vista acaso como la morada de los dioses, y nos aproximamos a ella como las helénicas gentes se relacionaban con el inaccesible Olimpo.
Mi destino no estaba fijado de antemano, pero había pensado visitar un castillo. No tengo ninguna intención de bucear en su historia, cosa que haré seguramente, solo deseo deleitarme recorriéndolo. Soy algo romántico en ese aspecto, me aproximaría a él como lo haría en el siglo XIX uno de esos viajeros extranjeros que, con una fantasía desbordante, dibujaban sus ruinas y contaban historias imaginadas entre sus muros.  Sus lejanos lectores debían figurarse Castilla como la tierra de la fantasía, poblada de fortalezas en ruinas, donde la vegetación y las almas de sus moradores daban a sus desmochadas torres, de aspecto decrépito, un aire de misterio. Mas mi castillo no está en ruinas ya, ha sido primorosamente reconstruido, y cuando lo califico así, no lo digo con segundas intenciones. Se ha hecho aquí un trabajo de primera y para atraer a los visitantes se ha musealizado convenientemente.
Mi primera impresión al ascender por la cuesta que me lleva a su cerca es volver a la infancia. Me imagino a mí mismo esperando ávidamente la llegada de mi hermana a casa tras el trabajo. Lo que trae para mi cumpleaños es pura fantasía para un niño de mi época, un juego de construcción de un castillo, pequeño aún, preludio del que tiempo después, ya más grande y complejo, me traerían los Reyes Magos para las navidades. Creo que nunca he sacado más partido a un juguete en toda mi niñez. Qué gran poder tiene ésta para vislumbrar nuestra vida futura.
La fortaleza tiene dos cercas, una primera más pequeña, la barrera o barbacana de trazado irregular que rodea al muro principal, defendida por fuertes cubos que protegen a una cerca rectangular mucho más elevada. Avanzo para cruzar el puente levadizo sobre el foso y accedo a la primera cerca entre dos torres. Confieso que, a pesar de mi escasa belicosidad, me dan ganas de ponerme la armadura, tomar las armas, calarme el yelmo y subir por esas escaleras a defender el recinto de inexistentes huestes de sarracenos armadas hasta los dientes. Recuerdo con una sonrisa a Woody Allen diciendo en una de sus películas aquello de: "No puedo escuchar tanto Wagner... ¡me dan ganas de invadir Polonia!". Sin duda el ambiente condiciona y lo solitario del lugar da alas a mi imaginación quijotesca.
Un letrero me indica que se pueden adquirir entradas para la visita en el interior de la fortaleza. Aún no me topado con un alma, cosa que me extraña, todo parece abierto. Entro por la puerta principal defendida por un espectacular matacán que amenaza a los visitantes desde las alturas.
Un guía del castillo me vende la entrada e indica que antes de la visita debo ver un video explicativo. Me hace entrar en una sala de proyección con aire de refectorio de convento, larga, estrecha y muy grande para un solo visitante. Me sorprendo escuchando las explicaciones del corto sobre la historia del castillo, más solo que la una y escuchando de fondo a un gato maullar tras una puerta que hay a mi derecha. Es todo un tanto surrealista, pero tiene su encanto.
Una vez en el interior del castillo, en lo que sería el patio de armas, el guía y yo hablamos un rato sobre la fortaleza, su historia y, amablemente contesta a todas las preguntas que le hago. Su perro guardián nos contempla con desinterés y una vez comprobado que no soy una amenaza para su dueño se aleja y desaparece de mí vista. El guía me indica cómo puedo hacer el recorrido por el castillo y los lugares de interés. Me deja a mi libre albedrío moverme por todo el recinto sin ninguna restricción más allá de aquellas que son de sentido común. Jamás me hubiese imaginado algo así, es como un pequeño regalo, teniendo en cuenta que, en todo el recorrido, que no duraría más de una hora, no me topo con ningún otro visitante. Solo y entre piedras muchas veces centenarias. ¿Se puede pedir más?
Voy de sorpresa en sorpresa, tal vez la mitad del recinto principal lo ocupa una antigua iglesia gótica. Se mantienen en pie sus bellos pilares y el arranque de sus arcos apuntados, con las siempre extrañas marcas de cantería, aleatoriamente repartidas aquí y allá en sus bien trabajadas formas. Es una iglesia de tres naves, amplia, rematada por un elevado ábside. En realidad, la iglesia precede en el tiempo al castillo, que aprovechó su enorme cabecera para convertirla en una impresionante torre del homenaje semicircular. Lo extraño de esta iglesia no es que se convirtiera en fortaleza, hay muchos ejemplos de ello, sino sus dimensiones, sorpresivamente grandes en el siglo XIII, para dar consuelo espiritual a la que no sería entonces más que una pequeña aldea.
Accedo a la otra parte del recinto, un palacio a todas luces renacentista, con sus bellas arquerías, su escalera precedida de un magnífico arco sobre capiteles ménsulas, y llego a los corredores de la primera planta que me dan una panorámica del patio magnifica. En las enjutas de los arcos se ven los blasones de sus antiguos dueños: el menguante lunar de Don Álvaro de Luna y el mantelado sobre dragón de Don Beltrán de las Cuevas, signos de pasadas glorias. Todo de buena cantería, muy reconstruido eso sí, pero respetando lo existente y distinguiéndolo de lo nuevo.
Estoy ansioso por subir a las alturas, a pesar de saber que lo pasaré regular. Mi mal de altura se ha acrecentado con el tiempo. El vértigo no viene del temor a caerse, sino de la atracción que ejercen los abismos. No sé si fue Sartre el que dijo aquello de que: “…lo peligroso de subirse a un muro alto no es que puedas caerte, es que puedes tirarte”.  En fin, lo cierto es que llego a la parte de arriba del ábside sobre la torre del homenaje, pero allí no hay una panorámica del exterior, está solo parcialmente reconstruido. Sin embargo, descubro que, para llegar a una interesante torre albarrana, similar en función a las que hay en la Ciudad Invisible, tengo que pasar por un adarve que apenas mide ochenta centímetros de ancho. A un lado del adarve están las almenas, y el vació al otro solo separados por una, para mí, invisible barandilla. Calculo que son unos cincuenta o sesenta metros que se me van a hacer muy largos. Los atravieso como un caballero medieval accede a un ordalía necesaria para probar su valor.
Aprecio desde allí el panorama interior, el solar de la iglesia, e imagino a feligreses del pasado escuchando las incomprensibles palabras latinas del sacerdote. También conjeturo la sombra de silenciosos centinelas en las negras y frías noches de invierno, gente anónima, ánimas tal vez perdidas, tal vez unidas a Dios para siempre. Únicamente los blasones hablan de nombres, pero ¿qué son los nombres? ¿Qué es verdaderamente la memoria, un símbolo, una realidad? Estos pensamientos me retrotraen a pasadas lecturas. “…los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo se lo traga la nada.”[1] Nos da miedo el vacío, nos da miedo saber que no seremos, como no lo fuimos. Tal vez por estas razones construimos, creamos arte, escribimos, luchamos y amamos, tenemos fe, gobernamos y vamos más allá que otros. Pretendemos permanecer, seguir viviendo, no sé si como lo decía Unamuno.
 “No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí…”
Salgo del castillo con una sensación agridulce, el recorrido no muy largo me ha regalado multitud de sensaciones: misterio, admiración, eternidad, euforia al vencer el vértigo, sensación de pérdida y miedo existencial. Todo ello te lo puede dar una pequeña excursión sin pretensiones, sin intención apenas, aunque tal vez ese apenas no necesite mucho para hacer germinar la imaginación.
Vuelvo a mirar los muros, y siento los murmullos del pasado, susurros que las secretas piedras mantienen en el tiempo, porque únicamente ellas parecen imperecederas, solo ellas resisten, tienen memoria y dan fe de las gentes que las habitaron.


[1] ECO, UMBERTO. Apostillas a El nombre de la Rosa. Palabra en el tiempo. Lumen 1984.

martes, 2 de febrero de 2016

El sueño de Alejandro




“En el undoso y resonante ponto hay una isla, a Egipto contrapuesta, de Faro con el nombre distinguida” (Homero, Odisea, IV, 354-5)


       
       Recorro la sala de exposiciones fascinado. Los objetos egipcios tienen una rara cualidad para maravillarnos. No solo es el encanto que el Oriente tiene para los occidentales, ya de por sí atrayente; es, como explicarlo, reconocer algo universal, civilizador, un orden frente al caos que toda sólida cultura promete. Y esta sensación se tiene tanto si se contempla una pirámide, monumental e imperturbable, como un pequeño objeto de tocador, una joya o una pintura mural de vivos colores repletos de jeroglíficos y hieráticas figuras. Las vitrinas con los más variados objetos, las cerámicas, las esculturas, se distribuyen entre las arquerías de esta moderna sala de exposiciones. No es la primera vez que vengo, tampoco es la única exposición que contemplo en Madrid con esta temática; pero hoy, esta visita tiene un cierto regusto nostálgico.
Las exposiciones modernas ya no tienen nada de ese aburrido recorrido por los objetos que se repiten una y otra vez. Es frecuente ver reconstrucciones de edificios y simulaciones de todo tipo que nos acercan a la realidad de los objetos expuestos. En ese sentido contemplo, un tanto perplejo, la simulación por ordenador del diseño de los antiguos depósitos que surtían de agua a Alejandría. Lo hago en un lugar de exposiciones que es exactamente eso, un depósito de agua, casi calcado al que, más de dos mil años atrás, construyeron los egipcios.  
Hablar de Cleopatra no es solo contar las románticas, calculadas o no, relaciones que mantuvo con Marco Antonio o César, en el canto del cisne de la dinastía Ptolemaica. También significa sumergirse en los misterios de la cultura en la que se asentaron los herederos de Alejandro: el Egipto milenario y, sobre todo, es hablar de su magnífica fundación, esa ciudad, tan viva hoy como entonces que se llama Alejandría. Los brillos de ambas culturas, la griega y la Egipcia, destellaron en un último y agonizante estertor, para darnos uno de los periodos de la antigüedad más extraordinarios de que podemos disfrutar.

No recuerdo cuando fue la primera vez que oí hablar de esta ciudad y del helenismo; pero hubo dos lecturas referidas a ella que me atrajeron sobre manera. La primera, una novela delicada y sensual: Afrodita de Pierre Louys, me sumergió en ese mundo olvidado y seductor, lleno de belleza, pero no exento de crueldad. 
Mientras que una obra muy distinta y distante a la novela, hizo que me enamorara del mundo antiguo y de la ciencia que él atesoraba. A principios de los ochenta la televisión emitió una serie documental titulada Cosmos: un viaje personal, narrada por el inolvidable Carl Sagan. Una serie de divulgación donde la astronomía y la ciencia eran las protagonistas. Entre las poéticas explicaciones científicas del astrónomo y la música de Vangelis, pude descubrir la ciencia del pasado, gran parte de ella atesorada en la biblioteca de Alejandría. Aquella institución sin igual que la guerra y la incomprensión destruyó para siempre, es ahora símbolo del conocimiento como si de una antigua arca de Noé sapiencial se tratase. Posteriormente Sagan publicó un libro con el mismo título: Cosmos, un verdadero best seller, como lo son hoy las obras de Stephen Hawking. Tenía ese libro la atracción de lo nuevo, junto al encanto de lo pasado, tan sabiamente mezclados, cultura, ciencia y tecnología, que se convirtió para mí en una lectura de culto, a la que con frecuencia he regresado con placer.
No he dicho que la exposición está dedicada a ella, a Cleopatra, mujer cultivada y astuta, que es reproducida infinidad de veces en pintura antigua y moderna, en monedas y en relieves. La amplia difusión hoy de su nombre y de su figura, no responde únicamente al deseo de todo monarca de permanecer en la memoria, creo que eso lo consiguió con creces. Fue el cine, como amplificador de toda figura histórica en ámbitos que no se preocupan mucho por ella, por la historia me refiero, ejerció como catalizador de un mito que todo el mundo conoce. Al final de la exposición pude ver las ropas que Elisabeth Taylor vistió en la película Cleopatra, y las armaduras de sus dos galanes: Cesar y Antonio, representados por Rex Harrison y Richard Burton respectivamente. Reconozco que vistas de cerca no impresionan tanto como en las espectaculares escenas de la película. Sin duda nos encantan los mitos, ¿O no se enamora uno de esa mujer entrando en el Foro Romano, transportada en una esfinge gigantesca arrastrada por multitud de porteadores?
Pero no nos engañemos, Grecia y Egipto no se fundieron en Alejandría,  y como muy bien dice el profesor Blanco Freijerio, la ciudad, a pesar del oropel artístico que la envolvía, era esencialmente una ciudad griega. Alejada de las pirámides, de Tebas, la de las cien puertas y sobre todo del pensamiento egipcio, la gran urbe se abría más al Mediterráneo y al norte helénico que a la tierra del Nilo.
Al salir de la exposición es la hora de comer. Conozco esta zona, hace tiempo trabajé unas calles más abajo y sé dónde puedo comer con garantías por una módica cantidad. Madrid es una ciudad amable en todo, y es fácil encontrar un sitio donde se come decentemente por poco dinero al lado de restaurantes de gran calidad, aunque no tan económicos. Me agrada encontrar un local que sobrevive al tiempo y a la crisis desde hace más de dos décadas. Mientras espero el menú, abro el libro que he comprado en el museo. Es una pequeña guía arqueológica de Alejandría.
En lo primero que me fijo es en un plano hipotético de la ciudad y en una bella vista panorámica ideal. En ellos se pueden apreciar el puerto bullicioso y lleno de naves en tránsito, las murallas y los edificios más representativos, como el palacio real que contenía el Museo y el famosísimo faro. Al terminar de comer me salgo y me siento en un parque cercano para saber más sobre esa mítica ciudad. Leo con sorpresa que su fundador, el gran Alejandro, tuvo la idea de crear de la nada una ciudad en el delta del Nilo; pero cuando se estaba preparando todo para su trazado en un determinado lugar, el gran conquistador soñó. Cuando un rey tenía un sueño en la antigüedad, era considerado de manera distinta a como lo sería hoy. Era, tal vez, una señal divina.
Alguien al oído, le recitó unos versos de la Odisea que he reproducido al principio del texto y así Alejandro Magno edificó Alejandría, una más de las múltiples ciudades que fundó con ese nombre a lo largo y ancho del extensísimo imperio que conquistó. Sin embargo, solo ella permaneció, solo ella fue el alma del helenismo, la joya del Mediterráneo, lugar de seducción y de deseo, también de cultura y conocimiento sin igual.
 Sin duda la cultura helena, aun con todo el esplendor del pasado que arrostraba, se debía considerar humilde al lado del impresionante legado del milenario Egipto. Es probable que sintiera la necesidad de igualar o atemperar las diferencias que pudiese haber entre una y otra cultura y así, nació el Museo. Era este una institución donde se reunirían las mentes más preclaras de la antigüedad. Era necesario dar a la corte Ptolemaica el empaque que necesitaba para gobernar a unos súbditos tan avanzados.
Siendo este edificio, el Museion, un lugar legendario de la antigüedad, tanto que terminó dotando de significado a nuestras modernas instalaciones, aquellas que conocemos como museos, fue solo una parte de él, su increíble biblioteca, la que terminó siendo el más preciado edificio de Alejandría. Se dice, probablemente sin mucho fundamento, que los fondos de la biblioteca serían de unos setecientos mil volúmenes. No importa el número, que puede ser simbólico, de haber tenido solo cuarenta mil, habría sido igualmente maravillosa. Hoy, entramos en una biblioteca media, considerada pequeña, con ese número de volúmenes y no le damos ninguna importancia; pero entonces, cuando el conocimiento estaba al alcance de muy pocos, era un verdadero tesoro.
Imagino las lágrimas que debieron verter los últimos custodios de ese saber, al ver arder tanto papiro lleno de infinitos conocimientos, aquellos que la mente humana, sola, jamás puede si quiera imaginar. Debieron sentir derrumbarse su mundo, en aras de un orden nuevo. Lo nuevo siempre pretende borrar lo viejo. “borrón y cuenta nueva” es la seña de identidad de todo dictador. La tabla rasa elimina comparaciones, referencias, puntos de vista opuestos, en definitiva, cuanto pueda hacer pensar que el nuevo orden no es más que una nueva mentira. Por eso debemos conservar el conocimiento; sin él, estamos expuestos a que cualquier gurú, con la excusa de liberarnos de nuestras cadenas, vuelva a quemar la biblioteca de Alejandría.

martes, 1 de diciembre de 2015

Templo





Mi cicerone se ha parado poco en la fachada, parece tener prisa por entrar y no lo achaco al frío, sospecho premura de tiempo. Mientras me habla, mis ojos van de los suyos a las bóvedas y de éstas a la pasión que desatan sus palabras. He vuelto a la ciudad invisible. Me he quedado tantas cosas por ver en sus anónimos templos, en sus calles olvidadas, que he decido regresar para encontrar en sus añejos muros, respuesta no contestadas.
 
     Mi guía continua hablando sin detenerse, quiere que sus palabras sirvan de fondo a las imágenes que mi retina intenta fijar. Llevo la cámara conmigo pero, vuelvo a tener misma la impresión, las imágenes no se ajustan a las sensaciones que me embargan. Estamos en la nave principal, la bóveda sobre nuestras cabezas genera una extraña luz, difusa pero evidente, en contraste con cierta penumbra que atesora la parte baja. Mi imaginación fermenta y cree reconocer una platónica dicotomía: lo celestial de lo terrenal, lo ideal de lo sensible. No sé si el artífice buscaba ese efecto, pero es bello y sugerente.
        El templo está vacío, la voz de mi amigo se pierde en un recogido silencio que atesora el espacio. El arte de pilares y nervios ha hecho esclavo este espacio destinado a Dios, se respira distinto aquí dentro. Mi espíritu se ha acogido a sagrado, como aquellos que en tiempos no encontraban otro lugar donde refugiarse, donde estar a salvo de todo. Mi mente parece haber entendido esto y mientras camino entre olvidos y anónimos sepulcros, creo oír los susurros de pretéritos rezos.
        Reconozco el sabor del gótico, de la luz, pero la extrañeza se adueña de mí al contemplar ladrillos tras los revocos que simulan piedra. Extraños símbolos, no obstaste, me dicen que no todo es obra de alarifes, también los canteros de Dios están presentes donde la solidez y la fuerza lo exige. Solo se valora la pureza de estilo, pero no hay mayor belleza que el mestizaje, aquel que se mueve en la línea de sombra, que se asoma a dos realidades distintas. El templo se descubre en ellas en el tiempo en el que el mudéjar se muestra visible aún y el ultimo gótico se vuelve flamígero.
        
 Oigo las dificultades y los avatares de su construcción, los retos de fábrica de las bóvedas en la altura, los defectos subsanados, los escudos de los comitentes, las fechas, los acontecimientos históricos paralelos, mezclados con la nobleza y la realeza de  Castilla, de España al fin. Me pregunto cuántos de estos templos olvidados pueblan la geografía de las Españas y aún de las Américas, que están al margen de los grandes nombres y reconozco que es ello lo que los hace valiosos, como pequeñas joyas arrinconadas en cajones de nuestra casa.
Recorro las capillas laterales que cubren y ocultan los contrafuertes, son como pequeñas capsulas de eternidad. Están a caballo entre dos siglos, protegidas por viejas rejerías que convierten estos templos menores en algo exclusivo e íntimo. Negras letras góticas rezan en latín por el alma de los difuntos de otra realidad, de otro tiempo. Bellas esculturas en mármol o alabastros detienen su paso en el momento en que guerreros o santos han entregado su alma a Dios.  En ellas, en las capillas, encontramos retablos, pinturas, tallas de santos y de vírgenes, sublimes crucificados, ecce homos, dolorosas y toda iconografía necesaria para la invocación y el consuelo de los mortales.
Por una capilla lateral salimos al claustro, austero, este sí enteramente gótico. En él vemos retablos vacíos, restos de esculturas y más sepulturas, unas en el suelo, otras empotradas en la pared y algunos sarcófagos de granito en el patio. Se respira una extraña soledad aquí y una frialdad que contrasta con la luz que llega a través de las arquerías. Parece un pequeño museo de las cosas olvidadas, de distintas épocas, desde los visigodos hasta el Siglo de las Luces. Mi interlocutor me explica el poco común juego de contrafuertes que nacen de la nave, y mientras conozco su origen y razón de ser, sigo la cornisa con sus gárgolas de animales reconocibles unos, fantásticos otros. Erosionados y orgullos pináculos de granito coronas los contrafuerte. Al salir del claustro mi mirada, antes de llegar al umbral de la puerta, se fija en una sepultura sin nombre. Tan solo una pocas letras capitales suelta atestiguan lo que quiso ser el recuerdo de alguien, pero ya no son nada. Le comento a mi guía sobre el particular y convenimos que los epitafios e inscripciones sepulcrales pretende el recuerdo, pero solo retardan lo que terminará llegando: el olvido.
Volvemos a entrar en la nave lateral y recorremos, en lenta sucesión, las capillas hasta llegar a la sacristía. Un bella imagen de la Virgen, de rubios cabellos, la preside; pero yo me fijo en un documento tras un vitrina, un pergamino del siglo XIII escrito en pulcros y cabalístico signos góticos. Se rompe el misterio al conocer la razón de ser de este texto; mas a mí me hubiese gustado no saberla, pues los texto ilegibles o no descifrados tienen un no sé qué de misterio, un halo oculto que los hace especialmente apto para alimentar la imaginación. Esas apretadas y vistosas letras cuya tinta, ya oxidada, que han pasado del negro original a un ocre tenue, me hacen imaginar al experto amanuense copiando el texto sobre el pergamino. En el fondo, lo que nos hace amar el pasado no es el amor a las cosas muertas sino los fragmentos fosilizados de vida, de otras innumerables vidas que poblaros nuestro prestado mundo.
 Cruzamos la nave central y nos detenemos un instante frente al retablo de la Capilla Mayor, neoclásico, que enmarca un gran cuadro de la Asunción de la Virgen, para luego continuar viendo las capillas del lado de del Evangelio. Me llama la atención un lienzo de azulejos de cerámica en el banco de un retablo. Mi acompañante, un tanto exaltado, me habla del pasado glorioso de este arte en la ciudad y de su posterior decadencia. Admiro el horro vacui de un grutesco muy del gusto renacentista que recuerda, como no podía ser de otro modo, la antigüedad clásica.
Casi a punto de salir, en la sala del capítulo, admiramos un bello cantoral abierto, sus pesadas tapas se apoyan en el atril. Estando relativamente lejos, puedo ver con claridad los enormes signos delineados sobre los gruesos pergaminos que le dan soporte. Mi guía me hace imaginar ese maravilloso objeto presidiendo la sillería del coro, hoy desaparecido, y la riqueza de notas de la música sacra ascendiendo hacia la luz del crucero.

Al salir a la plaza todo cambia, vengo de otro mundo, de sonidos apagados por el paso del tiempo, pero me siento bien, esto es el mundo, pero me alegra que aún contenga lo que fue en otro tiempo. En la plaza nos volvemos hacia el templo admirando el bellísimo rosetón de la portada. Miro a mi guía, le noto triste e intuyo porqué, en la escasa hora que hemos permanecido en el templo, nadie ha acompañado nuestro pasos. En una ciudad populosa como es esta, no debería ser así, eso me dice, pero es la realidad.
 A mi regreso a casa busco información sobre el templo, apenas encuentro nada, hasta que indago donde debo. En una magnífica, exhaustiva y ya clásica obra llamada Historia de la arquitectura española del eminente Fernando Chueca Goitia, discípulo del gran Leopoldo Torres-Balbás, encuentro una descripción. Es concisa y casi poética, pero deja constancia de la importancia y peculiaridad del edificio. Luego, en la soledad de mi estudio, visualizo las fotos y rememoro las últimas frases que trabé con mi guía. Las fotos no son digna si no lo son para el recuerdo vaporoso e impreciso, pero sí lo son las reflexiones, a medio camino entre la exaltación y la melancolía. Exaltación por el descubrimiento de realidades ocultas, abandonadas; melancolía porque una vez descubiertas, el manto del olvido vuelve a cubrirlas inexorablemente.

        En la despedida, mi guía me acompaña a la estación, el frio nos sigue al borde del ocaso entre las hojas muertas del otoño. Le prometo volver si, en la búsqueda de otras pequeñas joyas de su ciudad, él me acompaña. Una sonrisa abierta ilumina su rostro y la veo difuminarle en la oscura estación cuando el tren se aleja de la ciudad invisible.