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domingo, 19 de diciembre de 2021

El arte de vivir


“La superficie de la tierra es suave e impresionable a las pisadas de los hombres y lo mismo ocurre con los senderos que recorre la imaginación…”

                                               Henry David Thoreau

 

Viajábamos por tierras de Burgos con la intención de visitar un famoso monasterio románico sin horario ni prisas. Por eso, al aparecer un letrero que nos indicaba la presencia de una ermita visigoda, no dudé en tomar aquella estrecha carretera que atravesaba el páramo que parecía no llevar a parte alguna. Cuando viajas por un camino sin conocer distancias ni presencias, se suele hacer largo y así ocurrió con aquella sinuosa carretera. Nos rodeaba un paisaje ralo en vegetación y carente de presencia humana, solo al fondo se divisaban unos riscos como frontera de aquella planicie, casi vacía. Al final llegamos a un pequeño pueblo sin divisar la ermita, con la sensación de estar perdidos. En los tiempos en que vivimos, de GPS e internet, perderse es casi una extravagancia, no tienes más que mirar la pantallita de tu coche o móvil, pero no disponemos de lo primero y me he negado a mirar el segundo. Al final llegamos a una bifurcación y sin pensarlo dejamos que la intuición nos diera a elegir el camino. Y fue el correcto, allí estaba la ermita a poco menos de un kilómetro del solitario pueblecito.



Dejamos el coche debajo de uno de los escasos árboles que rodeaban el pequeño monumento. De éste apenas quedaba un ábside cuadrado, los brazos de un transepto a todas luces incompleto y las marcas en el suelo excavadas de lo que debió ser su corta nave. La primera impresión fue de decepción no tanto por lo que quedaba de la iglesia, algo que ya presuponíamos; sino porque era bastante probable que no se pudiera visitar su interior, ya que no se divisaba nadie en aquel paisaje desolado. Pero como he dicho, fue una primera y desde luego falsa impresión; porque al rodear el edificio, pudimos admirar que el ábside y la prolongación de los brazos del crucero eran recorridos por frisos con maravillosos relieves. Tallados en los viejos sillares, tal vez reutilizados de algún edificio romano anterior, bandas de roleos vegetales formados por círculos sogueados sucesivos contenían formas vegetales, animales, geometrías y extraños e incomprensibles monogramas. De lejos el edificio era simple, parco y frío; de cerca, cobraba vida. Una segunda sorpresa vino al rodear la iglesia y comprobar que no estábamos solos. Saliendo de una caseta junto a la que vimos una pequeña moto, el guarda nos dio la bienvenida. Era un extraño individuo muy lejos de lo que uno espera encontrar como guía de un monumento. Esta impresión no solo era por su indumentaria, sino por su actitud. De la primera solo me quedé con el sombrero de ala corta y flexible (a lo Indiana Jones) que no se quitó ni en el interior de la iglesia; de la segunda, su cercanía, era como si nos conociera de siempre. Portaba en su mano, lo cual era insólito en el lugar y el momento, una guitarra española. Nos dijo que odiaba las visitas de grupos, pues perturbaban su tranquila existencia. Mientras nos explicaba los exóticos relieves, nos hablaba de su forma de vida y estudio. 




De los relieves reveló su increíble delicadeza y calidad. Según los estudiosos, parecían de influencia bizantina o sasánida, lugares muy alejados de aquel páramo, lo que les confería no solo el misterio de su procedencia sino el carácter incierto de su significado. El friso superior contenía animales, algunos imaginarios como los grifos y otros reales como toros, felinos o ciervos. El inferior alternaba motivos vegetales como vides y arboles de la vida, con aves de diversos tipos, todos ellos envueltos en roleos. Mientras que el friso central contenía rosetas y cruces en cuyos brazos aparecían enigmáticas letras.


Al entrar en el interior una luz rojiza lo envolvía todo formando una penumbra atenuada por la intensa luz de julio. Ésta entraba por las breves ventanas a modo de saeteras confiriendo al interior un ambiente de sereno recogimiento. Lo único reseñable del transepto era el arco de entrada al ábside, cuya rosca estaba decorada con motivos vegetales entre aves. Dos columnitas flanqueaban el arco y en sus primitivos capiteles había talladas figuras que representaban al sol y a la luna.

 

Aquí y allá, por el suelo y arrimadas a los muros, encontrábamos piezas sueltas de columnitas y sillares, algunos de estos últimos tallados también con misteriosos personajes identificados con Cristo y acompañados de ángeles. La explicación del significado de todo ello fue breve por parte de nuestro anfitrión, luego se sentó en uno de los sillares sueltos del suelo y, ante nuestro asombro, tomó su guitarra y empezó a tocar. No nos metió premura en la visita, parecía estar disfrutando tanto como nosotros. De sus explicaciones, aunque breves, obtuvimos la conciencia de las fuertes controversias de los estudiosos por situar en el tiempo aquella obscura construcción. Para unos era visigoda (siglo VII); otros, basándose en el estilo de las tallas y las posibles influencias, lo situaban en el siglo X.
  Sin duda había muchas similitudes entre esas tallas interiores y algunos códices mozárabes. Los comentarios al apocalipsis nutren también de esa iconografía a todos estos relieves.

Pero tan intrigado estaba por aquellas controversias como por la actitud de nuestro guía. Junto a la guitarra había un libro que conocía bien y que daba pistas de su filosofía de vida, se trataba de Walden de H. D. Thoreau.


¿Está interesado en el transcendentalismo? —le interrogué, señalando el libro.

—Si lo quiere ver así… —me contestó deteniendo la música—No, no más que la mayoría de la gente que se ha aproximado a Thoreau. Hoy todos lo reivindican, yo me quedo con algunas ideas suyas que me ayudan a hacer mejor mi vida.

De vez en cuando entre frase y frase sonaban de nuevo notas de su guitarra, como si quisiera apostillar con ellas lo que decía. Ahora lo veía como a un ermitaño laico, alguien que decide separarse del mundo sin otro fin que vivir mejor.

—¿Le gusta la idea de aislarse? este parece un sitio muy a la mano: una ermita solitaria, un pueblo con pocas personas y un paisaje casi desértico. Me recuerda a los primitivos eremitas del desierto egipcio.


—Al ver el libro seguro que ha pensado en la cabaña de Thoreau y en su retiro voluntario; pero no era un eremita, no lo era y tampoco un ecologista al uso, o al menos como lo entendemos hoy, sino un hombre libre, cuyo fin vital era experimentar como sinónimo de vivir. Si eso es ser trascendentalista, lo soy. En cuanto lo de aislarme, no lo busco, pero disfruto de ello cuando se da.

—Siempre me ha interesado el fenómeno, —le dije—¿por qué la gente se retira del mundo? Yo sería incapaz, soy tan urbanita que no concibo vivir sin gente alrededor, por eso me llama la atención una actitud tan extrema.

—Puede haber muchos motivos para ello. La gente se retira del ruido y también para que el tiempo de su vida sea suyo de verdad. Unas veces el porqué es Dios, sin intermediarios ni influencias; otras entrar en contacto con uno mismo, no es poco. Thoreau se probaba a sí mismo, demostraba que no necesitamos más que unas pocas cosas, no solo para vivir físicamente, sino para ser felices. El trabajo lo es si no nos convierte en esclavos y, en cuanto a la vida social también, si es realmente un contacto sentido con los otros. ¿No cree?


Y diciendo esto siguió tocando la guitarra. Recorrí con la vista aquellas venerables piedras, aquellas tallas que nos hablaban de la inmortalidad del alma, del paraíso y de la vida venidera. Sin duda no fueron tiempos fáciles para los talladores de los relieves. Aquellas eran tierras de frontera, no tanto porque lo fueran físicamente, que también; sino que, fuese cual fuese la época, visigoda o posterior, se trataba del fin de una era para entrar en otra. La nuestra puede serlo sin que nos demos cuenta pues ningún ser humano tiene una verdadera perspectiva de su época.

Sobre uno de los minimalistas capiteles, apenas un sillar horizontal, aparecía una inscripción en latín:  + OC EXIGUUM EXIGUA OFF… D…O FLAMMOLA VOTUM. Le pregunté a nuestro cicerone por aquel nombre.


—Quien lo sabe…—contestó el músico sin dejar de tocar— se supone que alguien que fundó la iglesia o la reparó en algún momento de su azarosa vida. Unos dicen que Flámola fue alguna pariente del famoso Fernán González, otros que pudo ser alguien anónimo, pues era nombre de uso común en aquellos siglos.

—Al menos de ella ha quedado el nombre…—casi susurré— un nombre perdido en el tiempo, como esos de las anónimas lápidas romanas o de cualquier época a los que ya nadie llora. Me fascina imaginar cómo pudieron ser sus vidas. Tal vez sea triste que de una persona solo quede un nombre sin más, o tal vez no, acaso ese anonimato les protege.

—Nadie quiere morir del todo —sentenció el artista— el último recurso es la memoria, luego la nada. Pero no se preocupe, la piedra suele proteger la memoria, tarda mucho en disgregarse. A veces en la soledad hablo con ella, con Flámola, sigue viniendo a rezar.

—¿Tiene un fantasma en su ermita?

—¿Qué son esos entes si no hay nadie que crea en ellos? ¡Claro que tengo un fantasma! No estamos en el Siglo XIX, ni soy un Bécquer; pero sí, me gusta verla entrar en la iglesia, incluso oigo los oficios a veces cuando el viento sopla y no hay nadie por aquí.

Alguien había hecho algunas pequeñas maquetas de la iglesia tal como debió ser, están sobre los sillares tallados. Hay un delicioso ambiente de improvisación en todo ello y con él nos vamos de aquel lugar con la sensación de una visita irrepetible. Ahora, con el tiempo, imagino que lo hemos soñado y que aquel personaje entrañable que nos mostró la iglesia no es sino otro fantasma, alguien que nos hechizó durante la visita, haciéndonos sentir cosas que solo la gente predispuesta quiere creer.

 

 

 

 

 

 



jueves, 26 de diciembre de 2019

En la Roma de Piranesi


Un anticuario amigo mío adquirió recientemente un lote de libros de una biblioteca particular. No me dijo la procedencia, pero sí que con ellos había adquirido un cartapacio con unos grabados del siglo XVIII. El conjunto iba precedido de una singular misiva fechada en Roma y dirigida a un desconocido caballero de la Corte de Madrid, receptor de las láminas. La carta decía así:

“En Roma a 2 de junio de 1777
Amigo y señor:
Hará siete días que llegamos a Roma y es momento de darle cuenta de las gestiones y visitas que hemos hecho en su nombre. Con esta mi relación le envío un adelanto de lo adquirido hasta ahora que, con ser poco, será celebrado por V., no menos que el relato de lo vivido y admirado por estos sus servidores.
Roma es una y mil. Tengo por seguro que ninguno de nosotros hemos vivido la misma ciudad. es por eso por lo que, humildemente, voy a mostrar mi visión de las cosas, que será, lo doy por hecho, muy distinta de la que tienen los que me acompañan.
Entramos en la urbe por la Puerta Salaria procedentes de Ascoli. Habíamos hecho noche en una posada a unas leguas de la ciudad para entrar a la mañana siguiente ya descansados de tan largo viaje. Estábamos deseosos de llegar a nuestro destino. Nos detuvimos sin embargo en el Puente Salario, ya muy cerca de la muralla, no solo por la singular disposición de este sino porque, una vez cruzado, hallamos a un grupo de hombres tomando apuntes y dibujos. Así fue como conocí al caballero Piranesi y a sus acompañantes. Me explicó que aquel puente había sido testigo de las hazañas de Belisario, el valiente general de Justiniano, el cual la fortificó en su lucha feroz contra los ostrogodos. Roma, ya no era en aquel tiempo más que una sombra, pero seguía siendo un símbolo por el que luchar.
Fue un feliz encuentro aquel que tuvimos de buena mañana, pues el cavaliere Piranesi al ver nuestro interés por las cosas del pasado, se prestó a servirnos de guía e incluso a buscarnos alojamiento sin tardanza. De camino a la Strada Felice donde tiene su taller, nos fue dando un rodeo por lo que hoy es la ciudad, que es menos de una quinta parte de lo que fue en tiempos de los emperadores. Roma es un caos en el que se mezclan ruinas dispersas, edificios magníficos y sueños. Los lugareños conviven con vestigios de un pasado glorioso al que apenas prestan atención. A pesar de ser sus habitantes, al visitante le produce desasosiego su presencia, es tan discordante y a la vez tan necesaria, que no puedo por menos que pensar que sin ellos, Roma no sería lo que es; pero con ellos se vuelve inquietantemente atrayente.
Paseamos atónitos por los restos de la que fue la más grande de las termas de Roma: las de Diocleciano, perseguidor de cristianos al tiempo que gran reformador. Dice nuestro anfitrión que probablemente tenían unas dimensiones de más de 1250 pies de lado y que entraban en ella unas tres mil almas, cosa de creer, dadas las gigantescas arcadas. A pesar de que la maleza y la desolación campan por sus rincones, el edificio sobrecoge. Y no era el único de este tipo que había en Roma en aquel tiempo.
El caballero Piranesi es arquitecto y artista, me dice que se ha especializado en hacer grabados con planchas de cobre en los que representa el mundo romano en todos sus aspectos. Es un romanista convencido frente a los que, como el caballero Winkelmann, hablan de una primacía de la arquitectura griega sobre la romana. Piranesi niega esto y está dispuesto a demostrarlo. Mide, calcula y dibuja cuanto ve y lo hace con tal denuedo y talento que he decidido adquirir no solo sus grabados, de los que le envío una pequeña muestra, sino también una obra monumental en cuatro volúmenes sobre la arquitectura romana que el mismo ha editado.
Llegamos al Coliseum. Si las termas son monumentales, el anfiteatro que construyeran Los Flavios sobrepasa todo lo imaginable. Al caballero Piranesi le brillan los ojos mientras nos muestra la desmesura de sus estructuras. Habla de un talento de los arquitectos romanos para solucionar problemas que aún hoy nos abrumarían de tener que hacerles frente. En el interior, todos imaginamos los espectáculos que se llevaron a cabo allí, pero él no tiene ojos para esas imaginaciones sino para hablarnos de los retos de sus constructores. El emperador Flavio Tito, delicia del género humano, tal vez uno de los mejores gobernantes que tuvo Roma, lo terminó en el año 80 de nuestra era. Contrasta lo que le comento a V. con las cercanas ruinas del descomedido palacio de Nerón, la llamada Domus Aurea, del que quedan pocos, pero impresionantes restos.
La decepción se apodera de nosotros al llegar al Foro Romano, unas pocas columnas aquí y allá sobreviven. Únicamente Los arcos de Tito y de Septimio Severo nos hablan de las glorias del corazón del Imperio.
Roma es nuestra madre, nos cuenta Piranesi, vayamos donde vayamos las gentes de la vieja Europa y de la cristiandad, hallamos nuestra deuda para con ella. Así, nos hace recorrer en nuestro rodeo hacia su taller: el teatro de Marcelo encastrado y reutilizado como palacio; la Isla Tiberina que corta el Tíber en dos, y posteriormente llegamos a la portada del Panteón de Agripa, hoy convertido en la iglesia de Santa María de los Mártires, donde nos llena de admiración su gigantesca cúpula. El recorrido termina en Castel Sant’Angelo, el antiguo mausoleo de Elio Adriano, al que llegamos por el puente del mismo nombre. En lontananza vemos la cúpula de San Pedro, pero nuestro anfitrión nos dirige ya a su taller.
Al entrar en él comprendemos el afán de Piranesi en mostrarnos algunos de los monumentos antes de llevarnos a su casa. Nos ha hecho beber unos sorbos de la impresionante y confusa ciudad para luego mostrarnos su trabajo y así comprender su obra.
Los siguientes días de nuestra estancia nos lleva por innumerables rutas posibles, unas dedicadas a los restos antiguos, otras a monumentos e iglesias actuales y pasadas. Roma es como un gran mosaico de restos, decadente y admirable, donde se mezclan las eras y los tiempos en un caos incomprensible y bello. 
En el taller de Piranesi trabajan su hijo Francesco y sus colaboradores. El mismo se afana en cada detalle: se dibuja, se trabajan las planchas, se imprimen fabulosas representaciones de cada rincón de la vieja ciudad, de cada edificio pasado o reciente. Tumbas, acueductos, termas, estadios, anfiteatros, Iglesias, todo es representado con la belleza de un Tiepolo o un Canaleto, gentes venecianas de su mismo origen; pero él añade un no sé qué de misterio, de añoranza por las cosas viejas y perdidas. Sus representaciones son rigurosas y al mismo tiempo grandilocuentes. He visto el Coliseum y otros edificios, y aquí en su taller hallo en sus grabados algo que no he podido ver en la realidad de los restos. Tal vez se trate del prodigioso contraste entre luces y sombras o sea fruto de sus admirables perspectivas, no sé decirlo, es algo para lo cual ninguno de nosotros está preparado. Se diría que Piranesi estuviese dotado de un genio, un numen para representar las cosas dotándolas de alma y misterio.
Nos abre una edición de su Le antichità romane, una obra monumental que contiene todo aquello que hemos admirado de la cultura romana. En ella se añaden abundantes y precisas anotaciones de como aquellos gigantes de la ingeniería y la arquitectura construían los edificios, los acueductos, las calzadas. Incluso planos de la Roma antigua son descritos aquí con el encanto dulce y marchito de las cosas perdidas.
Pero lejos está la posibilidad de que este hombre deje de sorprendernos. De hecho, este trabajo que le ha llevado décadas no es fruto de su imaginación, sin duda muy desarrollada a juzgar por ciertas representaciones fantásticas de cárceles romanas, lo que él llama Invenzione capricciose di carceri, totalmente imaginarias; sino porque cada dibujo, cada vista, sus vedute todas, son fruto de un trabajo de campo ingente e indudablemente preciso.  Excava, mide y documenta, y fruto de todo esto son sus maravillosas vedute. Como le digo a V. no caben más sorpresas, pero estas llegan. Nos hace pasar a unas salas anexas a sus talleres del palacio de la Strada Felice. En ellas se muestran objetos y reliquias halladas en sus múltiples excavaciones dentro y fuera de la Ciudad Eterna. El propio cavaliere Piranesi las clasifica, las restaura y las vende. Me he tomado la libertad, en su nombre, de adquirir algunas de ellas para que V. las disfrute y se regale de su antigüedad y belleza.
Antes de despedirme de V. le comunico que permaneceremos unos días más en Roma, luego partiremos hacia el sur, a Nápoles, acompañando a Piranesi en un viaje de exploración a Paestum, una antigua ciudad griega que este hombre, incansable y apasionado, quiere visitar.
Una tarde en el maravilloso crepúsculo romano interpelé a Piranesi del porqué de tan ingente obra. Me contestó que tenía una necesidad de conocimiento e interés por cuanto le rodeaba, que este le hacía generar grandes ideas y a ellas les dedicaba el alma.
Al oírle hablar uno tiene el deseo de seguirle, se contagia de su entusiasmo, de su pasión por la antigüedad. Y tengo la sensación de que da lo mismo a lo que nos dediquemos en nuestras humildes vidas; si la pasión nos guía en nuestro afán, ellas cobrarán sentido.
Servidor y amigo de V.
G. M. J.”


*Todos los grabados expuestos proceden del rico fondo que, de la obra de Piranesi, tiene la Biblioteca Nacional de España.

martes, 6 de agosto de 2019

Códices


“Tú que te aprovechas leyendo, no te olvides de la mano del copista para que el Señor a quien oras, no tenga en cuenta sus pecados…”
Comentario de Beato al Apocalipsis de Silos. Siglo XI.

De la mano firme y paciente del escriba iban surgiendo los signos sin aparente dificultad. Solo se guiaba por las casi imperceptibles líneas de la impaginatio que, previamente, él mismo había trazado sobre el pergamino con la tenue línea de un lápiz de plomo. Los maravillosos y pulcros renglones con la palabra de Dios iban apareciendo ante mi vista entre hipnotizada y admirada por los misterios que oculta un oficio milenario.

Había llegado aquella mañana a la abadía tras rodar kilómetros de carreteras secundarias con un tráfico escaso o inexistente. Al llegar al pueblo me indicaron el camino sin asfaltar que conducía a un monasterio que me decían en las alturas, pero cuyos muros no se veían por parte alguna. El bosque cubría las laderas y el camino que se adentraba en él, se difuminaba sin indicar hacia qué lugar debía mirar para intentar localizar alguna torre o aguja.

Ascendí por el camino siguiendo un recodo tras otro sin divisar nada durante más de media hora hasta que, tras una curva que esquivaba bruscamente un profundo barranco, pude ver como una sólida y acastillada torre cuadrada emergía entre la masa verde. Aún me quedaba un buen trecho por llegar, fue una preparación perfecta. El lugar era de una increíble belleza. La abadía casi se despeñaba al barranco desde unas pequeñas arquerías sobre unos enormes contrafuertes que la protegían de desprendimientos. La mole que formaban la iglesia y la torre que surgía a su lado, parecía vigilar y preservar desde la altura la delicada arquitectura que tenía a sus pies.

El gótico y el románico convivían sin distorsión en el interior de la abadía. El hermano Tomás, mi cicerone en la visita al cenobio era un monje pequeño, de pocas carnes y aparente debilidad. La comunidad había tenido tiempos gloriosos, así lo atestiguaba el coro de la iglesia, pero en la actualidad la veintena de monjes que tenía el convento no llenaban ni la mitad de los huecos de aquel.

Lámina 1*
Lo primero que visitamos fue el scriptorium. Era una amplia sala, llena de la luz generosa que tres enormes ventanales regalaban a un espacio lleno de códices sobre sencillos estantes que cubrían las paredes. El espacio entre ellos lo ocupaban tableros y escritorios. En él trabajaban cuatro hermanos además de Tomás que era quien estaba copiando aquel salterio. Era el encargo de un comitente extranjero. Observé el hueco dejado a la izquierda para la bellísima letra capital historiada que aparecía en el original. Eran raros encargos así. Según me decía el hermano Tomás, costaba mucho tiempo y un trabajo ingente de meses finalizar un objeto tan bello y duradero como era un códice. Las más de las veces, los encargos eran humildes copias de un único pliego de una de las bellas obras que atesoraba el convento. Me explicó que el trabajo de copia de los textos sagrados era minucioso. De hecho, había pocos errores en los códices medievales si los comparamos con otros textos profanos. Esto era debido al celo que los copistas sagrados ponían en su labor.

Me desplacé a observar el trabajo de otro de los monjes, estaba iluminando un texto ya escrito, aplicando pan de oro en torno a una gran letra capital. El texto era más sencillo que el que estaba ejecutando Tomás, pero, en el interior de la enorme letra “P”, el hábil dibujante había podido incluir la escena de la anunciación enmarcada por una sumaria, pero elegante arquitectura. Llenar de miniaturas y viñetas historiadas los huecos dejados por el copista constituía otra de las fases de una paciente labor que incluía la fabricación del pergamino, la copia, la iluminación y la encuadernación del volumen. La cubierta del códice, caso de sobrevivir, era por sí sola una verdadera obra de arte.

Lámina 2*
Tomás me explicó que lo que daba un valor añadido a su trabajo era que, en todas y cada una de las fases de aquél, incluida la fabricación de los tintes para letras y esmaltes o pinturas para los dibujos, y todos los materiales restantes eran fabricados a partir de elementos naturales y con técnicas medievales. Yo mismo pude ver cómo, delante de mis ojos, cortaba con un cuchillo y afinaba la punta de una pluma de ave con la habilidad de un experto. Los mismos monjes las lavaban y endurecían en tierra caliente. 

Asimismo, como los cálamos, todo el material de scriptorium que utilizaban (compases, punzones, reglas, cuchillos de mano, raspadores, lápices de plomo, etc., eran copias idénticas de sus predecesores medievales. La fuente de información de todas estas colecciones de objetos eran los mismos códices que copiaban, donde con frecuencia, aparecían en miniaturas los monjes trabajando.


Tomás y yo abandonamos momentáneamente el scriptorium y salimos al claustro. Me sugirió que me quedara unos días con ellos, dijo que me vendrían bien para descansar y reflexionar. Rechacé amablemente su ofrecimiento mientras quedaba admirado por la sucesión de arquerías que rodeaban el jardín. La decoración de sus capiteles, elaborada por un escultor anónimo del siglo XI, se componía de un amplísimo programa iconográfico. Animales fantásticos, aves monstruosas, leones enredados, gacelas aladas, arpías, además de bellas decoraciones vegetales se sucedían sin dejar a la vista descansar en uno solo de aquellos bajorrelieves; porque cuando lo intentabas, deteniéndote en algún detalle, ya el siguiente reclamaba tu atención.

Hablamos en el claustro sobre arte y fe. El arte, fruto de paciencia infinita y unas manos expertas que, a su vez, hacían un trabajo de inspiración divina. Y la fe que lo contenía todo como un éter que envolvía el trabajo cotidiano y los oficios litúrgicos de la comunidad. Sentía una admiración cervantina, en el sentido de incomprensible, hacia aquellos hombres, encerrados y viviendo entre la oración y el trabajo que su fundador San Benito, estableció como máxima.
—¿Qué poderosa razón puede mover a un hombre —le dije— a huir del mundo, a renunciar a tantas cosas materiales, a sensaciones y experiencias tan diversas como ofrece?
—Le contestaré a eso con una simple frase: renunciamos a mucho para tenerlo todo, por tanto —objetó— no se trata de ninguna huida. Ser monje es algo difícil de explicar para quien no ha sido llamado. Básicamente renunciamos a todo lo que constituye un obstáculo entre nosotros y Dios. Pero no huimos de los hombres, pedimos por ellos, por la salvación de todos. Nuestra vida es una búsqueda continua del Señor.
En una cultura materialista y atea como la mía —pensé—, hombres así resultan inexplicables. De ahí mi admiración por, a mi modo de ver, una renuncia inasumible.

Entramos en la iglesia. Una impresionante y diáfana nave gótica esperaba a mis ojos. Los finísimos nervios de los pilares que sostenían la bóveda la elevaban a una altura imposible, mientras una luz intensa hacía flotar las tracerías de los ventanales. Aun siendo estío hacia casi frio allí. En ese ambiente y mientras admiraba todo cuanto me mostraba, me era necesario comprender aquel retiro, a aquellos hombres, el porqué de su huida al desierto, a la nada, para encontrar a Dios.
—¿Pero, porqué alejarse, porqué separarse del mundo? —Le insistí.
El monje me miró sonriente.
—En la soledad las limitaciones desaparecen, un monje debe hacer renuncia de sí mismo para llegar a Dios. Con Él, se descubre que el mundo no es más que una pálida ilusión. Tarde o temprano todo hombre, llegada la hora, sea creyente o no, lo comprende.

Volvimos a salir al claustro y nos acercamos a la galería que se abría al abismo. El precipicio me recordó el pasaje bíblico de las tentaciones.  Me imaginé la tremenda batalla interior que debían vivir estos hombres aislados. Como si me hubiese leído el pensamiento Tomás continuó.
—Es una elección plenamente consciente. Si te olvidas de pasiones, orgullos y vanidades eres enteramente libre. Eso consigue la fe, te libera de pesadumbres y te llena de alegría y esperanza.
Le expliqué que yo era incapaz de sentirla. Probablemente porque ese concepto no complacía a mi razón, siempre con la duda como estandarte, como rémora tal vez.

Me quedé una semana en la hospedería de la abadía en la que compartí con ellos su humilde, pero estimulante vida. Medité sobre mí mismo mientras paseaba por el claustro, los veía trabajar, u oyendo sus rezos en forma de bellísimo canto que llenaba la nave de la iglesia con su sonora luz. Un tiempo que jamás imaginé pasar en un lugar así. Y me fui de allí en puridad, igualmente ateo, pero lleno de energía, revitalizado. Probablemente esa energía me la insuflaron a partes iguales el lugar, el ambiente; pero sobre todo aquel monjes sencillo y sabio compartiendo conmigo su saber en frecuentes e interesantes charlas. En el camino de regreso recordé las últimas palabras del hermano Tomás.
—Créame que no estamos tan lejos. La fe y la razón deben convivir, recuerde al Maestro de Aquino. Ambos, usted y yo, tan alejados aparentemente en nuestro diario devenir, nos buscamos a nosotros mismos. Yo copiando humildemente la palabra de Dios sobre estos pergaminos y usted, usted arrastrado más allá de la razón, haciéndose preguntas a sabiendas de que no las puede contestar.


           ***


Este texto está dedicado a las comunidades religiosas de Santo Domingo de Silos y de San Pedro de Cardeña en Burgo.

Lámina 1.  Psalterium Romanum.—S. XIII. BNE
Lámina 2. Alberto Magno, Santo. De laudibus Virginis Mariae.— siglo XV. BNE.

viernes, 19 de octubre de 2018

Castillo


La carretera serpentea agradablemente atravesando suaves cerros cubiertos de encinas. Hace apenas una hora, ni sabía que me iba a poner en camino, lo cual da a mi excursión un aire de improvisación más ficticio que real y sin embargo me hace sentir bien. Mi vehículo no recorrerá un trayecto largo, apenas ese mismo espacio de tiempo para llegar a mi destino; pero la sensación es que estoy apartado. Es algo que se puede conseguir sin apenas pensarlo, no vende tanto como ir al desierto del Sáhara o perderse en las estepas rusas, pero si uno quiere buscarse a sí mismo en la naturaleza, no hace falta alejarse mucho. La carretera está plagada de curvas, pero no es mala y no llevo prisa. Es un día de diario, feriado únicamente para mí, por lo que sin obligaciones a la vista he cogido la cámara, un cuaderno de notas y me he puesto en camino.
He dejado atrás varios pueblos tranquilos, a pesar de que las banderitas que cuelgan de un lado a otro de sus viejas casas anuncian que están en fiestas. Veo de pasada al atravesar sus calles angostas y entrañables, la torre de sus iglesias y recuerdo que esta es tierra por donde anduvo Pedro de Tolosa, un maestro cantero que dejó su impronta renacentista en estas tierras fronterizas entre las provincias de Toledo y Ávila. La omnipresencia de Gredos es patente aquí. En la antigüedad, incluso en época medieval la sierra debió ser una amenaza latente, una presencia abrumadora y aún sobrecoge aproximarse a ella desde la llanura del Tajo. Para las gentes de las llanuras, la montaña, con sus imponentes farallones, es vista acaso como la morada de los dioses, y nos aproximamos a ella como las helénicas gentes se relacionaban con el inaccesible Olimpo.
Mi destino no estaba fijado de antemano, pero había pensado visitar un castillo. No tengo ninguna intención de bucear en su historia, cosa que haré seguramente, solo deseo deleitarme recorriéndolo. Soy algo romántico en ese aspecto, me aproximaría a él como lo haría en el siglo XIX uno de esos viajeros extranjeros que, con una fantasía desbordante, dibujaban sus ruinas y contaban historias imaginadas entre sus muros.  Sus lejanos lectores debían figurarse Castilla como la tierra de la fantasía, poblada de fortalezas en ruinas, donde la vegetación y las almas de sus moradores daban a sus desmochadas torres, de aspecto decrépito, un aire de misterio. Mas mi castillo no está en ruinas ya, ha sido primorosamente reconstruido, y cuando lo califico así, no lo digo con segundas intenciones. Se ha hecho aquí un trabajo de primera y para atraer a los visitantes se ha musealizado convenientemente.
Mi primera impresión al ascender por la cuesta que me lleva a su cerca es volver a la infancia. Me imagino a mí mismo esperando ávidamente la llegada de mi hermana a casa tras el trabajo. Lo que trae para mi cumpleaños es pura fantasía para un niño de mi época, un juego de construcción de un castillo, pequeño aún, preludio del que tiempo después, ya más grande y complejo, me traerían los Reyes Magos para las navidades. Creo que nunca he sacado más partido a un juguete en toda mi niñez. Qué gran poder tiene ésta para vislumbrar nuestra vida futura.
La fortaleza tiene dos cercas, una primera más pequeña, la barrera o barbacana de trazado irregular que rodea al muro principal, defendida por fuertes cubos que protegen a una cerca rectangular mucho más elevada. Avanzo para cruzar el puente levadizo sobre el foso y accedo a la primera cerca entre dos torres. Confieso que, a pesar de mi escasa belicosidad, me dan ganas de ponerme la armadura, tomar las armas, calarme el yelmo y subir por esas escaleras a defender el recinto de inexistentes huestes de sarracenos armadas hasta los dientes. Recuerdo con una sonrisa a Woody Allen diciendo en una de sus películas aquello de: "No puedo escuchar tanto Wagner... ¡me dan ganas de invadir Polonia!". Sin duda el ambiente condiciona y lo solitario del lugar da alas a mi imaginación quijotesca.
Un letrero me indica que se pueden adquirir entradas para la visita en el interior de la fortaleza. Aún no me topado con un alma, cosa que me extraña, todo parece abierto. Entro por la puerta principal defendida por un espectacular matacán que amenaza a los visitantes desde las alturas.
Un guía del castillo me vende la entrada e indica que antes de la visita debo ver un video explicativo. Me hace entrar en una sala de proyección con aire de refectorio de convento, larga, estrecha y muy grande para un solo visitante. Me sorprendo escuchando las explicaciones del corto sobre la historia del castillo, más solo que la una y escuchando de fondo a un gato maullar tras una puerta que hay a mi derecha. Es todo un tanto surrealista, pero tiene su encanto.
Una vez en el interior del castillo, en lo que sería el patio de armas, el guía y yo hablamos un rato sobre la fortaleza, su historia y, amablemente contesta a todas las preguntas que le hago. Su perro guardián nos contempla con desinterés y una vez comprobado que no soy una amenaza para su dueño se aleja y desaparece de mí vista. El guía me indica cómo puedo hacer el recorrido por el castillo y los lugares de interés. Me deja a mi libre albedrío moverme por todo el recinto sin ninguna restricción más allá de aquellas que son de sentido común. Jamás me hubiese imaginado algo así, es como un pequeño regalo, teniendo en cuenta que, en todo el recorrido, que no duraría más de una hora, no me topo con ningún otro visitante. Solo y entre piedras muchas veces centenarias. ¿Se puede pedir más?
Voy de sorpresa en sorpresa, tal vez la mitad del recinto principal lo ocupa una antigua iglesia gótica. Se mantienen en pie sus bellos pilares y el arranque de sus arcos apuntados, con las siempre extrañas marcas de cantería, aleatoriamente repartidas aquí y allá en sus bien trabajadas formas. Es una iglesia de tres naves, amplia, rematada por un elevado ábside. En realidad, la iglesia precede en el tiempo al castillo, que aprovechó su enorme cabecera para convertirla en una impresionante torre del homenaje semicircular. Lo extraño de esta iglesia no es que se convirtiera en fortaleza, hay muchos ejemplos de ello, sino sus dimensiones, sorpresivamente grandes en el siglo XIII, para dar consuelo espiritual a la que no sería entonces más que una pequeña aldea.
Accedo a la otra parte del recinto, un palacio a todas luces renacentista, con sus bellas arquerías, su escalera precedida de un magnífico arco sobre capiteles ménsulas, y llego a los corredores de la primera planta que me dan una panorámica del patio magnifica. En las enjutas de los arcos se ven los blasones de sus antiguos dueños: el menguante lunar de Don Álvaro de Luna y el mantelado sobre dragón de Don Beltrán de las Cuevas, signos de pasadas glorias. Todo de buena cantería, muy reconstruido eso sí, pero respetando lo existente y distinguiéndolo de lo nuevo.
Estoy ansioso por subir a las alturas, a pesar de saber que lo pasaré regular. Mi mal de altura se ha acrecentado con el tiempo. El vértigo no viene del temor a caerse, sino de la atracción que ejercen los abismos. No sé si fue Sartre el que dijo aquello de que: “…lo peligroso de subirse a un muro alto no es que puedas caerte, es que puedes tirarte”.  En fin, lo cierto es que llego a la parte de arriba del ábside sobre la torre del homenaje, pero allí no hay una panorámica del exterior, está solo parcialmente reconstruido. Sin embargo, descubro que, para llegar a una interesante torre albarrana, similar en función a las que hay en la Ciudad Invisible, tengo que pasar por un adarve que apenas mide ochenta centímetros de ancho. A un lado del adarve están las almenas, y el vació al otro solo separados por una, para mí, invisible barandilla. Calculo que son unos cincuenta o sesenta metros que se me van a hacer muy largos. Los atravieso como un caballero medieval accede a un ordalía necesaria para probar su valor.
Aprecio desde allí el panorama interior, el solar de la iglesia, e imagino a feligreses del pasado escuchando las incomprensibles palabras latinas del sacerdote. También conjeturo la sombra de silenciosos centinelas en las negras y frías noches de invierno, gente anónima, ánimas tal vez perdidas, tal vez unidas a Dios para siempre. Únicamente los blasones hablan de nombres, pero ¿qué son los nombres? ¿Qué es verdaderamente la memoria, un símbolo, una realidad? Estos pensamientos me retrotraen a pasadas lecturas. “…los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo se lo traga la nada.”[1] Nos da miedo el vacío, nos da miedo saber que no seremos, como no lo fuimos. Tal vez por estas razones construimos, creamos arte, escribimos, luchamos y amamos, tenemos fe, gobernamos y vamos más allá que otros. Pretendemos permanecer, seguir viviendo, no sé si como lo decía Unamuno.
 “No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí…”
Salgo del castillo con una sensación agridulce, el recorrido no muy largo me ha regalado multitud de sensaciones: misterio, admiración, eternidad, euforia al vencer el vértigo, sensación de pérdida y miedo existencial. Todo ello te lo puede dar una pequeña excursión sin pretensiones, sin intención apenas, aunque tal vez ese apenas no necesite mucho para hacer germinar la imaginación.
Vuelvo a mirar los muros, y siento los murmullos del pasado, susurros que las secretas piedras mantienen en el tiempo, porque únicamente ellas parecen imperecederas, solo ellas resisten, tienen memoria y dan fe de las gentes que las habitaron.


[1] ECO, UMBERTO. Apostillas a El nombre de la Rosa. Palabra en el tiempo. Lumen 1984.

martes, 5 de junio de 2018

Red House


Una casa de cuento, eso es lo que es Red House. Esa es la primera impresión que te llevas al contemplar las cubiertas inclinadas, los muros de ladrillo rojo en los que se abren ventanas de formas circulares y apuntadas, o el pozo, con un fantástico tejadillo puntiagudo que ha quedado para los restos, como la icónica cubrición de los castillos medievales. Sin duda William Morris buscó en el Medievo las formas que en su imaginación representaban lo genuinamente bello de un pasado no por menos idealizado, menos necesario para construir su ideal de vida. No importa que la inspiración viniera directamente del gótico francés, ni de su más cercano Estilo Tudor, William quería moverse, trabajar y vivir en una casa que podía situar en algún lugar de su mente en aquella mítica Camelot de las leyendas artúricas. 
Pero William, un hombre incalificable e inclasificable, no solo contempló su huida al pasado en la arquitectura de su vivienda. Cada objeto que en ella hay, desde las vidrieras de las ventanas, los tapices, los muebles, las pinturas, la decoración de las puertas, las alfombras, hasta el último detalle por pequeño que sea, que puebla y decora esta casa, recuerda a ese pasado real de Chaucer o menos real de Arturo y tiene siempre como estandarte la belleza.
Casi puedo imaginar las reuniones que tenían lugar en aquella casa donde Morris haría de maestro de ceremonias, vestidos todos con ropajes medievales. Lo veo junto a sus amigos y colaboradores, aquellos mismos amigos que decoraban con total libertad cada habitación, cada rincón de la casa. Seguramente se veían como aquellos caballeros que, en torno a la tabla redonda, rodeaban a Arturo en busca del Grial místico. Para ellos el progreso no era en absoluto alentador, ni para ellos ni para la mayoría de la gente. El mundo real en el que se movía Morris eran las feas y contaminadas ciudades industriales británicas de la segunda mitad del XIX, donde todo atisbo de trabajo artesanal propio de los tiempos pretéritos había desaparecido. Los obreros vivían una misérrima existencia ajena a todo arte que vive, poco o mucho, en cualquier artesano. Un trabajo mecanizado, abrumador, deshumanizado que lleva a la alienación, no podía pasar desapercibido a Morris y, partiendo como siempre ocurre en la literatura, de un utópico pasado, denuncia una realidad absolutamente inasumible por una mente decente.
Llego a la exposición en el justo momento en el que va a comenzar una visita guiada. No suelo unirme a ellas porque me gusta vagar por lo expuesto con total libertad; pero sin que me dé cuenta estoy escuchando la exposición de la mujer que se encarga de esos menesteres. Habla con calma, la precipitación asfixia a los oyentes, que no quieren, que no deben saberlo todo, pero ella no actúa así. Busca puntos de interés, de observación, de reflexión, el personaje lo requiere. Recorro las pocas salas tras del grupo, no quiero verlo todo a primera vista, sé que nada más acabar la charla volveré a empezar a mi ritmo y me detendré donde me plazca. La exposición no es extensa, pero con la cuidada selección y esmero que la Fundación Juan March suele ofrecer. Cuatro o cinco salas nos llevan por un recorrido fascinante de objetos utilitarios y bellos a un tiempo, que muestran una poderosa personalidad creadora, la de William Morris y el movimiento Arts and Crafts. 

Pero ¿qué se puede decir de este hombre para no quedarse corto? Probablemente nada de lo que diga lo definiría con claridad y totalidad. Morris es uno de esos artistas que no se detiene en una única rama del arte, un hombre del Renacimiento que amaba el Medievo y que vivía en época victoriana. Un artista fuera de tiempo, que lo aprovecha hasta límites sobrehumanos, pues así debe ser aquel que toca tantos palos en una sola vida. Empresario, artesano, escritor, impresor, ilustrador, tejedor, tipógrafo…todo arte le fascinaba y lo practicaba; pero sobre todo aquél que nace desde el artesano, desde el anónimo hombre que no va a firmar su obra, que no pasará a la posteridad ni a los museos. Y del mismo modo que el arte nace desde el humilde taller, no debe llegar únicamente a unas élites ilustradas sino a todo ser humano capaz de usarlo y al mismo tiempo admirarlo. Porque él admiraba lo bello, pero siempre dentro de la utilidad. 
Dignificar a ese anónimo personaje creador de las vidrieras de una catedral, escultor de sus góticas formas, iluminador de códices maravillosos, ese era su fin. Un camino del arte que hace del individuo su principio y conclusión y que en consecuencia es absolutamente totalizador. Amigo de Edward Coley Burne-Jones y de Dante Gabriel Rossetti, Morris conoció a través de ellos la pintura prerrafaelista y las teorías estéticas de John Rusky. Se movió, por tanto, en un entorno fascinante y creador, que él mismo prodigó desde su emprendedora actividad empresarial y artística.
Admiro los finos diseños de sus papeles y tejidos pintados, hechos con tintes naturales vegetales que le dan unos tonos suaves y delicados. Son estampaciones a partir de patrones de madera y sus tenues tonos daban al resultado un acabado similar al que provoca el paso del tiempo. Su decoración es vegetal, repetitiva, que imita la naturaleza en su exuberancia, pero no aburre, sino que regala a los ojos esa sensación de plenitud que nos conmueve cuando los modelos reales nos rodean.
La vista no es capaz de seguir el ritual de un recorrido bien definido porque, no bien se fija uno en una pieza de azulejería, que permite la repetición con mayor prodigalidad que los papeles pintados, o en los muebles sencillos pero decorados con gran gusto, o los artículos de escritorio o piezas de cerámica, ya ha fijado uno los ojos y aun el alma en las magníficas vidrieras. Si un arte es reconocible en el mundo gótico son ellas, que pueblan los impresionantes ventanales de esos monumentos misteriosamente luminosos que son las catedrales. En cierta ocasión visité la catedral de León, era un día lluvioso, triste, no era el mejor día para ver y admirar la luz entrar por aquellos ventanales; sin embargo, al penetrar en la catedral me emocioné, la luz seguía siendo impresionante. No he vuelto allí, lo que sí recuerdo es haber pensado: “Si esta luz atenuada por las nubes y tamizada por esas magníficas vidrieras es tan poderosa, qué no será un día con la intensa luz del sol”. La iniciativa de este movimiento artístico no solo puebla las iglesias con ellas, también invaden el espacio privado, las casas, y su resultado no es menos espléndido. Explicar su contenido es inútil, basta contemplarlas, con eso es suficiente.

Pero, si por algo tengo debilidad es por los libros y es en ellos donde me detengo más. Morris investigó y diseñó nuevos tipos de letras que luego aplicó a estupendos ejemplares de obras clásicas y a la narrativa suya. No solo se quedó en las letras, en sus formas, sino que, imitando esa obra de arte supuestamente menor que son los códices medievales, rodeó aquellas con una decoración exuberante que hizo de sus libros objetos de arte únicos. Y no me estoy refiriendo solamente a la decoración interior, (letras capitales, tipos, decoración grutesca) sino a las portadas, en las que colaboraron pintores de la talla de Rossetti.
Me voy con pena de la exposición, cada pieza, cada cuadro es irrepetible allí.  Cuando finalice la exposición, eso lo saben quiénes con dedicación la han montado, todo será un sueño, por eso escribo estas letras, para perpetuar en mi mente las sensaciones que recorren mi espíritu al admirar cada tejido, cada pieza de cerámica.
Al regresar a casa busco información sobre los libros que escribió William, la mayoría obras sobre arte y ensayo, poesía e incluso de política; pero descubro con sorpresa que también escribió ficción. La última de sus obras se titula Sundering Flood, fue publicada póstumamente en 1897 por su hija. El final de esta obra lo dictó Morris en su lecho de muerte. No cabe más novelesco final. Se trata de una novela fantástica con elementos sobrenaturales que recuerda los libros de caballerías. Al principio de esta incluso aparece el mapa de una región totalmente inventada, (algo que me ha recordado a J.R.R. Tolkien) donde se desarrollan los hechos en torno a un gran río, que da nombre a la novela. Parece que la culminación de su polifacética vida artística que no se separó mucho de su cotidianeidad, fue esta obra de ficción, ideal de sus sentimientos, de su destino vital. Fue la cúspide de una intensa vida, llena de logros empresariales, artísticos y también sociales.
Creo firmemente que cuando el mundo que te toca vivir no te gusta, es lícito que puedas crear uno a tu medida. Si pensamos que todo esto es una utopía y una pérdida de tiempo propia de ilusos, debemos meditar sobre la necesidad de todo ser humano de forjarse un destino, un ideal de vida, algo que nos enganche a ella para siempre, que nos aleje de la nada. La vida no espera, eso, en definitiva, lo hace la muerte.