martes, 27 de febrero de 2018

El rumor de la vida


La hallé haciendo limpieza en el desván de mi casa. Estaba guardada en su marchita funda de cuero marrón al lado de otros objetos del pasado de mi familia. La caja contenía pequeñas reliquias inservibles, aquellas que nos resistimos a tirar por su valor sentimental y porque son objetos que tocaron nuestros seres queridos. Son, al margen de las fotos, lo único material que nos queda de su recuerdo.
La cámara, una Univex sencilla de los años cuarenta, la habría comprado mi padre tal vez en los cincuenta, unos cuantos años antes de que yo naciera, poco o nada de ella correspondía ya a mi mundo material. En aquellos tiempos de penuria, la vorágine de innovación y frenesí técnica que nos invade hoy habría parecido un cuento utópico, una fantasía futurista en la mejor línea de Asimov o Ray Bradbury. Probablemente era un modelo réplica bajo licencia americana que se fabricaba en España por aquellos años. Su sencillez es tal que parece sacada de un museo de la prehistoria de la fotografía. Desde el punto de vista material su valor es mínimo; pero para mí lo tiene en el plano sentimental, pues aún recuerdo haber jugado con ella de niño, cuando ya era por entonces un objeto obsoleto e inservible. Su supervivencia en la casa de mis padres y después en la mía es uno de esos misterios que nos sorprenden por fortuitos, porque docenas de objetos que nos pertenecen y que apreciamos, desaparecen sin más en algún momento de nuestras vidas. Es más que probable que algunas de las escasas fotos que aún conservo de cuando era niño están hechas con ella. Es como si, adentrándome en esta humilde caja oscura pudiera rememorar mi niñez, un mundo material y espiritual desaparecido en una pequeña casa de un barrio obrero de la Ciudad Invisible.
En este tema soy de los que creen, contradiciendo mis postulados racionalistas, que las cosas no suceden por que sí, que hay una compleja e invisible red de relaciones entre los objetos y los sucesos, las ideas y las personas para conformar y entretejer nuestra vida, y que todo ello, si sabemos condimentarlo bien, se trasmuta en una forma de arte de vivir. Por eso, cuando días después de recuperar este pequeño objeto mágico que acabo de describir, recibí la invitación de un amigo para que asistiera a una insólita sesión de cine, supe que ambas cosas estaban relacionadas.
El viejo cine se hallaba en un barrio céntrico de la capital, una de esas calles que conserva el valor de lo castizo al margen de que se haya convertido en entorno de moda entre las gentes con posibles. Me llamó la atención el hecho de que la finca en cuestión no hubiese sido sustituida por una cadena de tiendas de moda, o por un restaurante de cocina rápida o alternativa. Seguía siendo un cine, y su aspecto era el que bien pudiera haber tenido décadas antes, cuando esas acogedoras salas oscuras eran templos de los dioses, un lugar al que acudíamos para ver las maravillas que no se podían contemplar de otro modo.
Había una razón por la que un local así había sobrevivido a la especulación y a la destrucción de esas salas entrañables. Una excéntrica mecenas, “forrada” de dinero y enamorada del viejo cine de su infancia, había decidido comprarlo y restaurarlo, y no solo había hecho eso, sino que lo había insuflado vida. Cada fin de semana en sesión única proyectaba películas clásicas. Lo hacía sin cobrar la entrada, hasta llenar el aforo de la sala, y ella misma se reservaba una butaca para asistir a las proyecciones. 
Si el exterior del cine era evocador, el interior lo era en grado sumo. Del primero me sorprendió la cartelera en la entrada que mostraba, además del cartel oficial de la película, distintos fotogramas de esta. Era una práctica que se hacía en tiempos de mi niñez y adolescencia, que había olvidado por completo. Todos los invitados eran recibidos por un empleado de uniforme y acomodadores de ambos sexos nos esperaban y distribuían en el interior de la sala. 
Cuando se hubieron apagado las luces, los pude ver pulular por los pasillos con las linternas acomodando a los rezagados. El interior se asemejaba a un teatro, con sus finas columnas de fundición, el suelo enmoquetado, la pantalla cubierta por una cortina y las butacas color rojo borgoña. Al pisar la moqueta sentí el retorno del tiempo pasando bajo mis pies. Ese característico sonido de pasos atenuados eran unos segundos de transición al maravilloso mundo de los sueños. Recordé con pesar distintos cines de la Ciudad Invisible hoy desaparecidos, algunos incluso físicamente, otros abandonados en espera de una utilización más prosaica de su espacio. El cine Marjul, El Calderón, El cine del Prado, El Coliseum y el de mi niñez, el más visitado en ella, el por entonces Cine Palenque, hoy un magnífico teatro. Se conservan en mi memoria en nítidos flases, al igual que los recuerdos de las películas que visioné y las gentes con las que fui a verlas. Entonces no hacía falta ir a cada cine a ver las carteleras; en la plaza, en unos expositores adosados a una fachada de una de las casas de esta, informaban de los filmes que en cada cine se proyectaban. Se hacía, como he dicho antes, a través de fotogramas.
Las cortinas de la pantalla empezaron a descorrerse a la vez que las luces se apagaban. El filme, titulado Smoke, lo había visto en su estreno allá por los años noventa; pues a pesar de lo desconocido entre el gran público es, al menos para mí, un clásico. Todo esto si hacemos caso, eso sí, a una de las múltiples definiciones del término clásico que Italo Calvino da sobre ellos en el glorioso prólogo de uno de sus textos.
Fue como volver a leer un libro.  Cuenta las vivencias de un estanquero y de la parroquia de clientes que acuden a su tienda. Es una preciosa historia que no debe ser contada, ni siquiera resumida. Quien no la haya visto se pierde una verdadera lección de cine, una de esas pequeñas joyas que se hacen con pocos medios, actores de primera y un gran talento. El guion sigue las directrices del universo de Paul Auster; porque es el propio Auster el que lo compuso y se nota su mano desde el primer momento. Todos los personajes de la película tienen alma y los actores que los representan, hasta el último de ellos, hacen un trabajo memorable.
Rescataré únicamente una escena que me fascina. En ella Auggie, el estanquero, interpretado magistralmente por Harvey Keitel, saca un trípode todas las mañanas que echa Dios al mundo para fotografiar su calle, la misma esquina todas las mañanas a la misma hora. En teoría la misma imagen. Cuando uno de sus parroquianos, un escritor en horas bajas interpretado por William Hurt le pregunta extrañado porqué hace siempre la misma foto, el estanquero le contesta que efectivamente son iguales y no lo son. Cada una es distinta de las otras: la luz de verano, de invierno; el tiempo lluvioso o soleado; días festivos o laborables; las personas que pasan con ropa de verano, de invierno, a veces las mismas personas que ser repiten, otras no, pero todas posando sin saber que forman parte del plan de un demiúrgico fotógrafo.
Recordé a Heráclito y su teoría del devenir, esas corrientes de vida que no son sino personas que discurren a nuestro lado; un cauce que se resume en tiempos de vida, en cruces causales o casuales que terminan siendo decisivos o triviales, según nuestro estado de ánimo tenga el valor de transformarlos en una cosa o la otra. Esta película no es solo una buena película, es un reflejo del rumor de la vida, que lenta e inexorablemente se escucha cada minuto del filme y que transcurre anónimamente en ese rincón del mundo.
Cuando las luces de la sala se encendieron y la gente comenzó a desfilar, me quedé un rato sentado mirando pensativamente los créditos, mientras continuaba la banda sonora de la película. Admiro a la gente que es capaz de ser consciente de este acontecer de las cosas, de ese humilde y diario transcurrir y convertirlo en arte. Porque arte es esencialmente la consciencia y el cine tiene esa magia.
Los más de nosotros no somos receptivos a ese influjo, a esa pulsión de fondo más que en momentos puntuales, aquellos en los que sonreímos a la cámara de un amigo o un familiar. Luego, al pasar las páginas de un álbum, nos miramos extrañados al vernos en esas instantáneas. Nos extrañamos porque creemos que no cambiamos, que somos siempre los mismos, la misma foto repetida una y otra vez. Pero no, no somos nosotros, ya no. Esos múltiples “yo” se perdieron en el cajón del olvido, y únicamente esas imágenes nos dan fe de que alguna vez fuimos alguien, de que vivimos y lo seguiremos haciendo para los seres queridos que nos sobrevivan. Esas imágenes y los objetos que nos pertenecieron serán testigos mudos, pero testigos a fin de cuentas, como lo es aquella vieja cámara olvidada en mi desván.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Evasión de la realidad

Unos días atrás un amigo me había propuesto hacer una colaboración para una revista de arte. Se trataba de escribir pequeños artículos sobre exposiciones alejadas de los grandes focos mediáticos, pero no exentas del sabor y el interés que estos lugares dispersos muestran. Le dije que no podía comprometerme a enviar con regularidad dichas colaboraciones, pero eso no pareció importarle.  “Escribe —me dijo— y luego ya se verá”.
La galería de arte estaba en un edificio de ladrillo antiguo que contrastaba con el entorno populoso y activo de su calle. Parecía un milagro que aquella casa, a todas luces un rescoldo de la antigua vitalidad comercial de la Ciudad Invisible, no hubiese sido derribada en su día para no desentonar con la fea y grotesca arquitectura utilitaria que la acompañaba. Al terminar mi visita comprendí parte de ese milagro, si es que los milagros pueden ser escoltados por la razón.
Cuando me encontré frente a la trabajada madera de su puerta intuí que iba a acceder a un mundo perdido, una reserva de ilusiones consentidas únicamente por el tesón y la obstinación de algún mecenas desconocido.
Después de un rato que me pareció largo, abrió la puerta un hombre de edad ya avanzada, me sonrió y me hizo pasar a un salón que, con toda seguridad era la sala de exposiciones. Más allá divisaba un patio con una arquería bajo la cual adivinaba formas escultóricas abstractas. El ladrillo de las paredes y de pilares, se mezclaba hábilmente en su estructura con pies derechos y vigas de madera restauradas. Una escalera del mismo material que ascendía a un desconocido piso superior era promesa de otras atrayentes estancias.
La sala de exposiciones no era un espacio vacío desde el cual observar las paredes cubiertas de pinturas, sino un cúmulo de ambientes delimitados por sillas y mesas de estilo castellano. Aquí y allá se apreciaban formas cerámicas, lámparas grandes y pequeñas, decorativas plantas y objetos de escritorio que daban cercanía a un cálido ambiente, matizado por la luz que se posaba mansamente sobre los volúmenes de suaves tonos.
Como era ya bien entrado el otoño no paramos mucho en el patio, no hubiese sido un mal rincón de charla en meses tórridos, pero ya hacía frio. Me condujo en su lugar a un salón de estar ya en la parte de la casa que tenía por vivienda. Mientras tomábamos café hablamos de temas diversos, de la decoración y restauración de la casa, en la cual había invertido, como en un pozo sin fondo, cuantiosos medios. No se arrepentía de ello, pues aquella casa era a un tiempo su lugar de trabajo, vivienda y lugar de tertulias varias. También hablamos de libros, sobre todo del Decadentismo de finales del XIX y de la visión sesgada que tenemos hoy de aquellos escritores.
—No reprocho a la gente que trata de huir de la realidad —comentó al levantarse con torpeza—. No apruebo la despectiva actitud con la que se define a los que se alejan momentáneamente de ella para obtener otras experiencias que, aparentemente la realidad no nos da. Como si la fantasía fuera una prueba de su torpeza, o de su locura para enfrentarse a lo real. Todo ello es falso, claro está, puesto que todo nace de nuestra naturaleza y en ella está también la capacidad de ensoñación, de la búsqueda del mito y de la creación de mundos paralelos que nuestra mente crea para sentirse bien. Sígame, le mostraré algo que le interesará, es mi pequeña pasión.
Ascendimos por la escalera al piso superior. En una de las habitaciones que dan a la fachada tenía su despacho, en realidad una amplia sala que le servía de lugar de trabajo y biblioteca. Contenía además una pequeña colección de cuadros que cubrían las paredes bañadas por la generosa luz de los balcones. Entendí claramente las preferencias de mi anfitrión, los lienzos y tablas eran todos reproducciones de un solo autor: Gustave Moreau, un artista entre la pasión romántica y el simbolismo del cual fue precursor.  
—Entenderá caballero que la evasión de la realidad debe tener un espacio físico que lo acompañe, que lo inspire, un ambiente desde el que partir a otras realidades paralelas. Este es mi lugar de tránsito.
—Lo entiendo perfectamente. En mi caso, no tengo un lugar así, sino varios. Cuando busco esa evasión indago fuera —le comenté—pero, dígame, ¿quién hizo estar reproducciones? Son sencillamente perfectas.
—Las hizo mi mujer a lo largo de los años, únicamente con la intención de complacer mi deseo de tener esos cuadros cerca de mí. Yo jamás entraba en su estudio en el que se encerraba durante meses. En señaladas fechas me entregaba las obras, que iban progresivamente llenando las paredes de mi refugio. La conocí en la universidad, yo estudiaba Letras y ella Bellas artes. Sigo siendo enamorado de aquellas, mas como puede comprobar, me pasé a su terreno con armas y bagajes.
Me acerqué un poco a admirar el primer lienzo. No era una obra completa del original sino un fragmento de la misma que corresponde a un cuadro de Moreau, en la que se representa la danza de Salomé frente a Herodes. En ella solo se muestra la figura de la joven, tiene en su mano unas flores blancas, símbolo de pureza. Su vestido, de un barroquismo exótico apabullante, es una auténtica muestra de fantasía oriental muy del gusto del XIX.
—Tal vez su mujer pretendió centrarse en el verdadero leitmotiv del cuadro de Moreau —interpreté— quizá quiso eliminar los rastros de corrupción del entorno que rodeaba su figura.
—Ella nunca explicaba las cosas que hacía, decía que en el arte solo caben sensaciones. No sé con qué intención centró el motivo de su obra, solo sé que acertó y ahí está presidiendo esta sala.
—Pero los símbolos son claves para el alma que contempla —argumenté— son esa explicación. Si se quiere un camino para llegar al alma del artista.
—Para quienes son ajenos, sin duda lo son, pero el cuadro era para mí. Ella conocía mi alma tan bien como yo conocía la suya, en esa conexión no necesitábamos mediación, solo belleza que la representara.
Este cuadro era escoltado por dos escenas totalmente diferentes, dos mitos griegos que conocía bien. Sobre todo Edipo y la esfinge, una obra llena de misterio y hechizo, donde los rivales se miran intensamente antes del desenlace del acertijo que la esfinge lanza al mítico rey de Tebas. Siempre me fascinó este cuadro. Su paisaje dantesco y su primitiva concepción renacentista atrapa, al igual que nos atrae la idea de la lucha contra el destino, una recurrente baza literaria.
El otro cuadro, Diomedes devorado por sus caballos es una terrorífica imagen que contrastaba con las otras dos. Aunque en seguida traté de buscar un significado al conjunto, no acerté a encontrarlo. Mi anfitrión adivinó mi confusión.
—El arte en ocasiones es un muy buen instrumento moralizante, pues es fácil combinar sus símbolos y adoptarlos como advertencias para nuestra vida. La maldad termina pagándose, el destino nos alcanza siempre. ¿No le parece?
—No creo en el destino, —le contesté— en cuanto a la maldad, no estoy seguro de que se termine pagando, para ello el mal debe tener conciencia, pudor, no sé. Ojalá fuese así, pero no lo creo.
—Recuerde para quien son estos cuadros. Uno siempre peca, aunque no pretenda hacerlo, por hecho u omisión. Diómedes y Edipo responden a dos formas de hacer el mal.
Sus enigmáticas palabras me siguieron hasta los otros tres lienzos que me quedaban por ver en la estancia. Todos representaban a mujeres: la sensualidad de Cleopatra en un entorno entre ideal y onírico; la bíblica Dalila y, por último, otra representación de Salomé en La Aparición.
—Mujeres fascinantes, las de Moreau —susurré—, malvadas, pero bellas y siempre atrayentes.
El hombre dirigió su mirada a un panel entre dos librerías que me pasó desapercibido. Aparentemente nada había allí que justificara ese hueco sin más. Se acercó a la pared y accionó un mando casi invisible. El panel se movió lentamente para mostrar, ante mi asombro, el retrato de una joven mujer. No tuve dudas de quien se trataba. Sus ojos seguían al observador allí donde este se moviese y había en su mirada una suficiencia contenida, de quien sabe que es dueño de sus actos sin recrearse en ello.
—Ella era fascinante bien lo sé —contestó el anciano— la hubiese aceptado con todas las maldades del mundo. Y sin ellas que puedo decir…Era simple y adorablemente bella, culta, vital, real y ficticia a la vez…

Miré a mi interlocutor, tenía lágrimas en los ojos, unas lágrimas silenciosas, aquellas que salen de un viejo dolor, ya cauterizado en apariencia y tan profundo que permanece bajo las cicatrices del alma. Comprendí que mi visita había terminado. Al salir el hombre me dio la mano. No hubo más palabras, solo miradas de comprensión.
De regreso a casa decidí escribir este artículo. Moreau era la excusa. Recordé que él también había tenido un gran amor: Alexandrine Dureux, muerta en 1890. El arte no es ajeno a la vida, ni a sus sufrimientos.





miércoles, 3 de mayo de 2017

El barro primigenio



Las ciudades, incluso las más olvidadas, tienen lugares misteriosamente agradables si se sabe buscarlos. No es mi caso, desde luego, pues yo descubro esos sitios más por casualidad que por intención. Fue esto último lo que ocurrió cuando visité la Ciudad Invisible hace unos días.
Había quedado con Laura para hacerle un pequeño encargo artístico y descubrí para mi sorpresa que la que yo creía ilustradora era, además de esto, una artista completa que no se dejaba seducir solo por lo que los eruditos llaman artes mayores. Me invitó, una vez hecho el encargo, a que visitara su taller, a lo que accedí gustoso.
Resultó que el lugar en cuestión era un antiguo claustro convertido en escuela y más tarde en taller de artistas. En ese claustro había vivido yo no pocos episodios de mi niñez y ahora, al visitarlo, siento el paso del tiempo con algo que está muy cercano a la nostalgia.
Recorrí mi antigua clase entre mesas repletas de formas de porcelanas y lozas, todas de un blanco inmaculado bañadas por la intensa luz de la primavera. Me detuve en unos centros de mesa que esa luz convertía en objetos misteriosos, me recordaron las sintéticas esculturas de Brancuzi, de formas puras y condensadas. Estos centros eran minimalistas rostros que inducen a la calma y a la reflexión.
Al final del taller, una estancia larga, un hombre se afanaba en su tarea. Estaba justamente en el mismo lugar en el que don Manuel, aquel maestro inolvidable, me enseñó a mirar con ojos curiosos todo cuanto a mi alrededor ocurría. Gustavo, que así se llama el artista, me recibió con una amplia y franca sonrisa mientras seguía trabajando en una de sus piezas. Me explicó lo que estaba haciendo: un cuenco decorado con la técnica del esgrafiado. 
Sé que esta técnica hunde sus raíces en un pasado tan remoto como lo puede ser la civilización misma, por eso me sorprende que todavía se siga usando en la actualidad. Pero lo que más me llama la atención es observar la pieza en proceso de ejecución, sin finalizar, con rasgos aún poco definidos, como aquella Piedad Rondanini obra postrera de Miguel Ángel. Siempre he creído en la belleza de la obra por terminar. Pienso que es doblemente hermosa, pues muestra el proceso de búsqueda que queda oculto en una obra finalizada.
Luego, ambos me explicaron las técnicas que desde antiguo se han aplicado a la decoración del humilde barro, de las más modestas de raíces neolíticas, a las sublimes piezas de las cerámicas rojas y negras del arte griego. Laura estudió bellas artes y me confesó que se había pasado al barro porque deseaba mancharse las manos con ese material dúctil y primigenio, generador de mitos. Es como volver a la tierra misma, a la diosa madre de todo cuanto existe. Eso es lo que parece buscar esta pareja que tiene el arte como oficio. En sus diseños coexisten formas regulares, contenedores de la nada, que son en sí mismas contenido. Junto a estas, otras, irregulares y ondulantes, asimétricas, parecen sacadas de un recóndito lugar donde viven los sueños.
Volví a sentir aquello que me acompaña cada vez que contemplo una obra de arte: El saber que solo ellos, los artífices, pueden mostrar su alma al mundo; y que los demás, aquellos que la admiramos, tan solo mostramos balbucientes, míseros girones de la nuestra. Este sentimiento es lo más cercano a la inmortalidad que he podido sentir. Lo puedo hacer porque ellos han indagado las formas que simbólicamente me conducen a ella.
Pero no todo aquí son cacharros contenedores de la nada, también descubro, medio escondida entre tarros y mesas llenas de vasos y cuencos, alguna figura antropomorfa probablemente obtenida de una mezcla de mitos a los que la racionalidad sucumbe satisfecha. Más allá, en las vitrinas de una corta exposición, seres de pesadilla, cercanos a primitivos habitantes del planeta de eras ya olvidadas, configuran una extraña serie. Laura llama a estas obras Exoesqueletos. Hechos de porcelana o gres, están ejecutados con una técnica en la que interviene la celulosa para dar forma a estos eslabones articulados. El resultado son seres nacidos de recuerdos fóbicos, de oníricos infiernos a los que la mente acude tal vez buscando liberarse de la férrea cordura.
Soy plenamente consciente de que las obras de arte son puertas al inframundo de la mente, tal vez a un inconsciente individual más que colectivo, pues es eso lo que hace que el arte no tenga fin y no sea sino una larga evolución de nuestros miedos y esperanzas, mas con una visión muy personal de los mismos. Lo curioso es que esas visiones personales apabullan y siendo tan internas, nos conectan con los otros, y ese es el misterio.
Pero, ¿qué nexo de unión hay entre el artista y el observador que hace a aquellos referentes y que provoca al que los admira sentimientos de asombro y respeto? Sin duda la emoción.
Mucho se ha escrito en filosofía sobre arte y estética, pero, en este caso me quedo con un hombre que buscó en la filosofía práctica y en la educación el cambio necesario en toda sociedad. Además, fue el pensador de la democracia, el liberalismo y el progresismo, me estoy refiriendo a John Dewey, filósofo norteamericano. Decía él que todo conocimiento remite a la experiencia y que esta tiene en sí misma una dimensión estética. El arte como expresión de emociones es experiencia. Decía que para la producción de una obra de arte es necesario contar con una carga emotiva, en la cual esté acumulada la experiencia pasada del individuo y que, por tanto, esté presente su personalidad entera[i]. Y, como quiera que, lo único que es común a ambos: artífice y admirador, es la emoción, es esta última la que los conecta.
En una de las múltiples mesas de trabajo que tiene el taller, observo curioso las fases que llevan a una obra terminada. Sobre la mesa, el dibujo apoyado en la pared de un violín trazado en un folio. En la mesa, tumbadas las piezas de barro dando formas a dicho violín y, en las vitrinas, la obra terminada ejecutada con un guiño a celebérrimas decoraciones renacentistas que, aún hoy, dan fama a la Ciudad Invisible. Observo que hay muestras de esta última en el taller, pero no son generalidad, como si ellos quisieran romper con el academicismo, con la tradición y crear algo nuevo, como ocurre con cada generación de artistas. Huir de lo establecido no es ser hereje, si hablamos de esa herejía todo artista lo es. Deben romper moldes para dar expresión a su arte, de otro modo no plasmarían su alma en las piezas.
Entrar en un taller de pintura, escultura o de cualquier arte, es una experiencia única. Ningún museo, ninguna sala de exposiciones o galería por extraordinario que sea su contenido puede igualar en sensaciones a respirar ese ambiente, porque es allí donde se plasman los sueños, donde toman forma las ideas inicialmente amorfas de la volátil imaginación. Es allí donde el ser humano se diferencia de sus iguales, a través de una alquímica fórmula que solo ellos, los artífices, conocen.
Ninguna obra terminada alejada de este ambiente, da fe de este lugar. Todo aquí remite a los misterios de la creación, a un Dios eterno que modela formas a partir de un magma ignoto, tocado por un don misterioso. Esa luz que se filtra por los ventanales de este claustro olvidado es la luz del cosmos, del orden inmemorial que está en contraposición a esa masa amorfa, a ese caolín brillante y atrayente que es promesa en el caos.


[i] SAVATER, Fernado: “John Dewey, el pensador de la educación”. Ensayo en: La aventura de Pensar. Penguin Random House, 2011, Pag. 211.

sábado, 4 de febrero de 2017

Utopía



Me quedé atrapado en el aeropuerto de (…) a causa de un temporal que trajo frio y nieve a gran parte del continente. A muchos viajeros les ocurrió lo mismo, por lo cual tuvimos que acomodarnos como pudimos para pasar la noche. La ventisca era tal que trasladarnos a la ciudad a hoteles fue tarea imposible. Así pues, me dispuse a pasar la noche en uno de esos asientos más atractivos que cómodos que suelen prodigarse en esos grandes espacios de paso.
Frente a mí, sin embargo, había un señor de cuidado aspecto que no parecía encajar en el paisaje. Tenía un pequeño portátil en el que se afanaba en escribir, sin apariencia de que esta tarea se viese alterada por el ruidoso ambiente. Cuando cayó la noche y el alboroto se fue atenuando, aquel hombre seguía escribiendo.  Y solo fue ya en la madrugada cuando cerró el portátil para recostarse un poco en su asiento, pero no dormía y me decidí a entablar conversación con él.
Resultó ser un profesor Italiano que pretendía volver a Milán. Su vuelo trasatlántico tuvo que ser desviado por el temporal cuando venía de regreso de Nueva York. Había pasado unas semanas dando conferencias de arte en varias ciudades del Este de Estados unidos y regresaba a sus clases en la Universidad. Hablaba un español casi perfecto, con la entonación inconfundible de un trasalpino. Era un hombre afable, de mirada bondadosa y una calma que contrastaba con lo que tenía alrededor. Parecía aquel tipo de personas que siempre he admirado, aquellos que son capaces de sacar partido al tiempo en cualquier circunstancia, y a los que nada parece alterar.

Abrió su portátil para enseñarme unos dibujos pertenecientes a su última conferencia. Como portada a su presentación había puesto uno hecho por Antonio Sant’Elia, un arquitecto Futurista italiano de principios del siglo XX. Pero el dibujo, de haberse mostrado hoy a cualquiera que no conociese su obra, más de un siglo después, es más que probable que no le hubiese dado esa antigüedad. Porque lo que se representaba en él, era un edificio donde predominaba la altura, integrado en una red de pasarelas y puentes que formaban un paisaje urbano tan moderno que parece actual, cuando en realidad es una obra de anticipación. Representa una visión de Milán en el año 2000 y formaba parte de los dibujos que el malogrado arquitecto presentó en la exposición de la Nuove Tendence en 1914.
Sandro, que así se llamaba aquel profesor, sonrió al ver mi cara de admiración.
–¿Sabe?– Me dijo–, resulta sorprendente el afán de la gente, no hablo ya de los visionarios como Sant’Elia, por hacer que el futuro llegue antes de lo previsto. Las previsiones sobre tales o cuales avances siempre son más optimistas que la realidad.
–En algunas cosas van más deprisa –-apunté–, quizás demasiado; pero tiene razón, algunas obras de anticipación hablan de viajes imposibles poco después del año 2000 y aquí estamos, o de sociedades futuras admirables, que visto lo visto, ni están ni se las espera.
Sandro continuaba pasando las imágenes mientras seguía hablando.
–En realidad ahora somos más pesimistas que antes. Tenga en cuenta que ellos, los futuristas, no supieron ni pudieron predecir ni asimilar las tremendas catástrofes bélicas del siglo XX, la amenaza nuclear, la superpoblación, la contaminación, ni las crisis económicas que vinieron después. La literatura anti utópica, o como ahora se dice, distópica, es una muestra de ese pesimismo, que llegó con estas calamidades.
Sus palabras me hicieron recordar pasadas lecturas de Orwell, Huxley o Ray Bradbury, que reflejan, supongo, en el momento en que fueron escritas, temores provocados por las crisis que las generaron. Sigo suponiendo que la proliferación en nuestro tiempo de este tipo de literatura y su reflejo en el cine y las series de TV, responden a esta crisis económica prolongada en la que vivimos, y al inquietante panorama político. Nada de ello ayuda a tener una visión más optimista. En realidad no son visiones del futuro, sino amenazas latentes del presente.
–Sin embargo estos dibujos son de una belleza espartana –le dije–, carecen de adornos, ninguna decoración atenúa sus formas, parecen haber surgido de la nada, no hay rastro del pasado.
–Los futuristas abominaban del pasado, –me explicó– . Sant’Elia dice en su célebre Manifiesto de la Arquitectura Futurista que “Después del siglo XVIII, la arquitectura dejó de existir.”  No admite ningún adorno del pasado en los edificios modernos que deben ser: “cálculo, audacia temeraria y sencillez”. Una arquitectura basada en el hormigón armado, el hierro y el vidrio. Creo que en eso, su influencia es manifiesta; en la arquitectura actual han triunfado estos elementos, desplazando materiales del pasado como la piedra, el ladrillo y la madera. Naturalmente nada de ello es del todo cierto. Nuestras ciudades no han aparecido de la nada, por eso los Futuristas eran utópicos. Lo fueron porque confiaron en la tecnología, la velocidad y la mecanización de la sociedad como solución. Eso fue hasta que muchos de ellos murieran en la Primera Guerra Mundial, víctimas de esas tecnologías que debían liberarnos.
–Tal vez el germen de este fracaso liberador se debía a las ideologías implícitas a aquellos visionarios –apunté–. Hablaban de modernidad, de tecnología; pero también de exaltación nacionalista, cuando no de ciertos regustos totalitarios.
-–Desde Platón, toda utopía los ha tenido, mi buen amigo. Las utopías son deseos de mejorar situaciones funestas; pero a veces no se apoyan necesariamente en situaciones sociales y políticamente justas. Si leemos a Lewis Munford, son “el equivalente ideológico de un contenedor físico”. Según Munford, con la ayuda de estos ideales, las sociedades seleccionan entre muchas soluciones, aquellas que encajan con su propia naturaleza o prometen un mejor desarrollo humano; pero apunta también que estas soluciones ideológicas chocan, por su rigidez, con el cambio como valor ideal de nuestras sociedades, con la necesaria evolución.  En una palabra, son modelos estáticos.
–Toda una paradoja, si nos atenemos a la arquitectura de Sant’Elia, que pretendía dinamismo y renovación en su Cittá Nouva, según tengo entendido.
–Eso es cierto, pero por ese afán renovador de las sociedades modernas, la genialidad de Sant’Elia, no cayó en saco roto, porque en sus aspectos técnicos, su arquitectura era innovadora. Italia en aquellos momentos se había refugiado en el pasado arquitectónico, cuando en Europa, aparecía la Secesión vienesa, y al otro lado del atlántico, surgían los primeros rascacielos. Hay algo en la arquitectura de este futurista, que le aleja un tanto de la utopía y es el hecho de que todo este entramado de estructuras, que en parte se ha llevado a cabo en las ciudades, tenía para él un carácter efímero, en permanente evolución, en continua construcción. Cada generación debía tener su propia ciudad y por tanto se alejaba del modelo estático que toda utopía propone. ¿Acaso no ocurre eso en las grandes ciudades de hoy? Se trata de un tipo de utopía, que como dice Munford, interactúa con la realidad, se adapta a ella, pretende cambiarla.
–Entonces la utopía es necesaria–incidí–, si no acudimos a ella, las sociedades no cambian, no evolucionan, no mejoran.
–Creo que sí. Pienso que esa proliferación actual de anti utopías, se debe precisamente a que, en cierto modo hemos renunciado a pensarlas, a modelarlas. Una utopía no deja de ser una pugna con la realidad, pero debe partir de ella. Las únicas que diviso en el horizonte son modelos del pasado reciclados de mala manera. Fórmulas de entender la realidad, de las que y hemos extraído enseñanzas y mejoras ya conseguidas y, también me temo, errores terroríficos a los que no deberíamos volver.
En cualquier caso, querido amigo, las utopías deben pensar más en el individuo y menos en la sociedad en su conjunto. Los individuos son el interior de las sociedades, y como decían los futuristas, el edificio debe construirse desde el interior.
Continué hablando gran parte de la madrugada con aquel amable profesor. Se supone que hablábamos de arte, el arte está en la vida, es la vida; pero ese arte también refleja las borrascas y ventiscas de la historia. La que nos confinaba momentáneamente en aquel aeropuerto, y las otras, las imposibles de conjurar tan solo con una amigable charla.