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sábado, 8 de junio de 2019

De sueños y pesadillas


Un amigo de la facultad me había mandado una invitación a un evento en el que el arte jugaba un papel fundamental; pero no explicó gran cosa, aparte de que en él se hablaría con profusión del pintor suizo Johann Heinrich Füssli, conocido entre los británicos como Henry Fuseli. La tarjeta indicaba una dirección de un pueblo de la sierra y supe que se trataba de un viejo caserón del siglo XIX, rehabilitado con mucho dinero y mejor gusto. La lluvia caía con fuerza sobre nuestro coche mientras Martín, que se inclinaba sobre el parabrisas para ver mejor, me explicaba que iba a asistir a una singular forma de ver el arte. En realidad, yo iba a ser el único espectador realmente novel de aquello, pues todos los asistentes conocían y participaban de todo cuanto iba a ver y disfrutar.

Nuestro anfitrión, un excéntrico hombre de negocios, era un entusiasta del Romanticismo como movimiento literario y artístico y todos los años organizaba una convivencia con sus amigos y conocidos en su vieja mansión de la sierra. Había un invitado al evento como espectador, por lo general, cercano a alguno de los participantes a aquel extraño aquelarre artístico. Lo primero que me sorprendió fue ver a la entrada una pintura de Henry Fuseli, Thor golpeando a la serpiente Midgard, presidiendo el acceso. La tenue iluminación ambiental y la cuidada luz en torno al cuadro creaban una atmósfera irreal, en la que dos titánicas fuerzas mitológicas se enfrentaban en un mar embravecido.

La parafernalia romántica nos envolvía, no solo la decoración y mobiliario, sino también en detalles como la vestimenta de los sirvientes que nos atendían, todo ello muy cuidado y centrado en la primera o segunda década del siglo XIX. Martín me fue presentando gente sentada en canapés y sillas Estilo Imperio, con las mismas vestimentas que los sirvientes, pero con gran dispendio de telas caras y diseños suntuosos. En mi habitación, sobre la cama y en el armario, había ropa de época. Literalmente me transformé en uno de ellos y así pude recorrer las tertulias informales y corrillos del salón y las salas adyacentes, sin que nadie, aparentemente, reparara en mí.

Enseguida fui presentado a mi anfitrión. Era un rubicundo y sonriente hombre de casi dos metros que se paseaba entre los grupos saludando a unos, estrechando la mano a otros y portando un libro de Byron bajo el brazo. De vez en cuando abría el volumen y, con gran entusiasmo, entre histriónico y divertido, les recitaba algo con pomposa solemnidad.
Nos sentamos junto a una de las ventanas del salón. La lluvia fuera arreciaba y un fogonazo anticipó el estruendo de un trueno. Mi anfitrión estaba exultante.
—Excelente tiempo —me decía, mientras observaba mi cara de estupefacción— no ponga ese gesto, este tiempo es magnífico para mis planes, además la previsión es que continúe todo el fin de semana. ¿Sabía usted que el verano de 1816 fue extraño en extremo? 
Entre risas me contó que tal vez debiéramos a este extraño fenómeno de tiempo inusualmente frio la creación de dos mitos del Romanticismo, Dos monstruos que ya no nos abandonarán jamás; el Nuevo Prometeo y el Vampiro.
Conocía la historia mil veces contada y narrada en libros y películas. La reunión en Villa Diodati, cerca del Lago Ginebra, de cuatro genios de la literatura romántica: Byron, Shelley, Mary Shelley y Polidori en 1816. Fue aquel un verano tan lluvioso y frío que impidió a los amigos navegar y dar paseos por la campiña, lo que les incitó a escribir.  Me vino a la memoria la histriónica recreación que Ken Russell hizo de este episodio en su filme Gothic, frente a la mejor llevada de Gonzalo Suarez en Remando al viento. Es posible que mi elección mental se debiera a que, presidiendo aquel rincón del salón, estaba una de las obras más conocidas de Fuseli: La pesadilla; cuadro que es visualizado y recreado por Russell en el filme. Nuevos relámpagos iluminaban el rostro demoníaco del íncubo que acecha a la dama. Si la intención de mi anfitrión era sumergirnos en los misterios de la poética romántica, a mi entender lo había logrado. Bien era cierto que en todo aquello había un punto de exceso; pero no lo era menos que, con imaginación, debía suplir el láudano que circulaba entre los protagonistas de hace dos siglos, para que entráramos en el trance necesario.

Pero si había pensado que todo aquello no pasaba de ser la locura de un hombre que no sabía cómo gastar el dinero, me equivocaba de medio a medio. La noche siguió con una cena, donde corrió el vino y fueron recitadas poesías de Percival Shelley, Lord Byron, fragmentos de El Vampiro de Polidori y pasajes del Frankenstein de Mary Shelley. A la mañana siguiente en otro salón acondicionado como pequeño teatro, una profesora con acento inglés dio una disertación sobre las ilustraciones que Fuseli hizo de Shakespeare. Era sorprendente que el gran artista llegara a la pintura tardíamente, convencido de ser más un ilustrador de literatura que un pintor de genio, pero así fue. Mientras ella hablaba, las imágenes se proyectaban en la pantalla, mostrando personajes del gran dramaturgo recreados por la mente de Fuseli. Al final de la charla nos recomendó encarecidamente una magnífica obra sobre el tema.  Fuseli, Shakespare’s Painter, de Giulio Carlo Argan.

No fue esa la única disertación. El domingo por la mañana asistimos a otra en la que un profesor de arte nos sumergió en el ambiente de pesadilla y sueños que fue el mundo onírico de Fuseli. No solo se centró en el maestro suizo, del que tenía materia de sobra, sino que se acercó a él comparándolo a otro genio de nuestro arte, contemporáneo suyo: Francisco de Goya. Fue una conferencia memorable en la que tan pronto el sueño de la razón producía monstruos, como que estos eran creados por ella directamente, apenas velados por los limpios ropajes de nuestra civilización.
Comidas y cenas se transformaban en episodios creativos, influidos por los vapores del vino que desinhibía a los menos lanzados. Se recitaban poesías propias o fragmentos de obras ya creadas. También algún dibujante trazaba en carboncillo imágenes mitológicas, oníricas o dramáticas inspiradas en Fuseli, mientras un hombre de letras leía en voz alta alguno de los aforismos del artista. En otras ocasiones breves performance, recreaban momentos imaginados en aquella villa del lago y otros salidos de la imaginación de sus autores. Todo valía y todo era invención e ingenio, con gran gusto de los presentes.

En compañía de nuestro anfitrión, recorrimos las salas del viejo caserón, todas contaban con una o varias reproducciones de tamaño real de los cuadros de Fuseli. No eran pinturas propiamente dichas, sino facsímiles de gran calidad que simulaban perfectamente el ambiente que se deseaba crear. Supuse que cada año cambiaba el autor y la temática, pero siendo que la casa estaba perfectamente ambientada en el primer tercio del siglo XIX, cualquier pintura romántica encajaba como un guante en aquel decorado. Pero iba de sorpresa en sorpresa, mi cicerone no solo era un entusiasta más o menos informado del tema que le gustaba, era en realidad un verdadero experto en pintura del siglo XIX. Su conversación no desmerecía a las de sus muchos invitados, prácticamente todos profesores de historia del arte, o de literatura, escritores, historiadores y artistas de todo pelaje.

La última velada nos reunimos con expectación en el salón de actos donde habían tenido lugar las disertaciones. El telón estaba bajado y había un murmullo general de intriga. Lo que iba a ocurrir al levantarse la tela, solo lo sabían el anfitrión y un reducido grupo de sus acólitos. Sin música y sin anuncio alguno el telón se levantó lentamente mientras el público permanecía en un respetuoso silencio.
Apareció en medio de la escena un hombre de edad indefinida, pronto supimos que se trataba de Henry Fuseli interpretado por un actor. Iba ataviado con las mismas ropas y el mismo peinado de un retrato que le hicieron cuando no debía tener más de cuarenta años, que yo había visto en una de las salas. Fuseli, sentado en un escritorio, garabateaba con una pluma febrilmente y de pronto se levantó y comenzó a hablar. Se inició con un extraño exordio, formado por algunos de sus aforismos célebres: tales como:
“La belleza, aislada de cualquier otro aspecto, puede desembocar fácilmente en la banalidad, saciándonos como nos sacia la posesión.”
“La abundancia raramente logra comunicar el sentido de la grandeza.”
“Sólo una inagotable fatiga puede llevar hacia la perfección; sólo el solemne e imparcial fluir del tiempo abre las puertas de la inmortalidad.”  [i]


Después comenzó a charlar en un lento y melodioso monólogo:
Belleza, grandeza e inmortalidad son fines en sí mismos a los que aspira el artista. Yo los he perseguido cabalgando el negro corcel de la noche, apremiando los sueños como lúcidas visiones celestiales. Las pesadillas, hermanas tenebrosas de aquellos son, en cambio, simas a través de las cuales la mente se sumerge en los resplandores del averno. Otra realidad se esconde tras las veladuras de Morfeo. dioses y demonios oprimen el alma del durmiente como guías a otra realidad, quien sabe si más verdadera que esta en la que os hablo. No durmáis pensado que sois libres, no dejéis que ellos os gobiernen cual desbocada yegua en tiniebla, no penséis, como decía Adison, que el alma, libre del cuerpo, imagina; pero yo os digo que el alma sin consciencia la gobiernan otros…
Sus hipnóticas palabras nos envolvieron a todos, mientras seres de pesadilla eran reflejados en la pared del fondo. El telón bajó y todo quedó en penumbra. Nos retiramos a nuestros aposentos extrañados, como poseídos del alma de Fuseli. Aquella noche soñé, pero fue tan denso el sueño que mi mente protegió mi alma de súcubos y alimañas. Ya no volvería a mirar un cuadro de Fuseli sin estremecerme.
Hay personas que viven fuera de su época y añoran mundos pasados con otros ideales más puros, promesas de vida o principios distintos a los de ahora, todo tan idealizado como falso. Seguramente conscientes de ello, de sus fantasías y soportando a duras penas la realidad que lo contiene todo, viven una vida de sueño. Tal vez los sueños no sean tan malos, si lo pensamos, cuando el presente no nos ofrece nada, a menos que, esos sueños, tan deseados y necesarios, se conviertan en pesadillas.


[i]   González Serrano, C. J.: El pintor de la oscuridad: aforismos inéditos de J. H. Füssli
https://elvuelodelalechuza.com/2017/06/28/el-pintor-de-la-oscuridad-aforismos-ineditos-de-j-h-fussli/



viernes, 19 de octubre de 2018

Castillo


La carretera serpentea agradablemente atravesando suaves cerros cubiertos de encinas. Hace apenas una hora, ni sabía que me iba a poner en camino, lo cual da a mi excursión un aire de improvisación más ficticio que real y sin embargo me hace sentir bien. Mi vehículo no recorrerá un trayecto largo, apenas ese mismo espacio de tiempo para llegar a mi destino; pero la sensación es que estoy apartado. Es algo que se puede conseguir sin apenas pensarlo, no vende tanto como ir al desierto del Sáhara o perderse en las estepas rusas, pero si uno quiere buscarse a sí mismo en la naturaleza, no hace falta alejarse mucho. La carretera está plagada de curvas, pero no es mala y no llevo prisa. Es un día de diario, feriado únicamente para mí, por lo que sin obligaciones a la vista he cogido la cámara, un cuaderno de notas y me he puesto en camino.
He dejado atrás varios pueblos tranquilos, a pesar de que las banderitas que cuelgan de un lado a otro de sus viejas casas anuncian que están en fiestas. Veo de pasada al atravesar sus calles angostas y entrañables, la torre de sus iglesias y recuerdo que esta es tierra por donde anduvo Pedro de Tolosa, un maestro cantero que dejó su impronta renacentista en estas tierras fronterizas entre las provincias de Toledo y Ávila. La omnipresencia de Gredos es patente aquí. En la antigüedad, incluso en época medieval la sierra debió ser una amenaza latente, una presencia abrumadora y aún sobrecoge aproximarse a ella desde la llanura del Tajo. Para las gentes de las llanuras, la montaña, con sus imponentes farallones, es vista acaso como la morada de los dioses, y nos aproximamos a ella como las helénicas gentes se relacionaban con el inaccesible Olimpo.
Mi destino no estaba fijado de antemano, pero había pensado visitar un castillo. No tengo ninguna intención de bucear en su historia, cosa que haré seguramente, solo deseo deleitarme recorriéndolo. Soy algo romántico en ese aspecto, me aproximaría a él como lo haría en el siglo XIX uno de esos viajeros extranjeros que, con una fantasía desbordante, dibujaban sus ruinas y contaban historias imaginadas entre sus muros.  Sus lejanos lectores debían figurarse Castilla como la tierra de la fantasía, poblada de fortalezas en ruinas, donde la vegetación y las almas de sus moradores daban a sus desmochadas torres, de aspecto decrépito, un aire de misterio. Mas mi castillo no está en ruinas ya, ha sido primorosamente reconstruido, y cuando lo califico así, no lo digo con segundas intenciones. Se ha hecho aquí un trabajo de primera y para atraer a los visitantes se ha musealizado convenientemente.
Mi primera impresión al ascender por la cuesta que me lleva a su cerca es volver a la infancia. Me imagino a mí mismo esperando ávidamente la llegada de mi hermana a casa tras el trabajo. Lo que trae para mi cumpleaños es pura fantasía para un niño de mi época, un juego de construcción de un castillo, pequeño aún, preludio del que tiempo después, ya más grande y complejo, me traerían los Reyes Magos para las navidades. Creo que nunca he sacado más partido a un juguete en toda mi niñez. Qué gran poder tiene ésta para vislumbrar nuestra vida futura.
La fortaleza tiene dos cercas, una primera más pequeña, la barrera o barbacana de trazado irregular que rodea al muro principal, defendida por fuertes cubos que protegen a una cerca rectangular mucho más elevada. Avanzo para cruzar el puente levadizo sobre el foso y accedo a la primera cerca entre dos torres. Confieso que, a pesar de mi escasa belicosidad, me dan ganas de ponerme la armadura, tomar las armas, calarme el yelmo y subir por esas escaleras a defender el recinto de inexistentes huestes de sarracenos armadas hasta los dientes. Recuerdo con una sonrisa a Woody Allen diciendo en una de sus películas aquello de: "No puedo escuchar tanto Wagner... ¡me dan ganas de invadir Polonia!". Sin duda el ambiente condiciona y lo solitario del lugar da alas a mi imaginación quijotesca.
Un letrero me indica que se pueden adquirir entradas para la visita en el interior de la fortaleza. Aún no me topado con un alma, cosa que me extraña, todo parece abierto. Entro por la puerta principal defendida por un espectacular matacán que amenaza a los visitantes desde las alturas.
Un guía del castillo me vende la entrada e indica que antes de la visita debo ver un video explicativo. Me hace entrar en una sala de proyección con aire de refectorio de convento, larga, estrecha y muy grande para un solo visitante. Me sorprendo escuchando las explicaciones del corto sobre la historia del castillo, más solo que la una y escuchando de fondo a un gato maullar tras una puerta que hay a mi derecha. Es todo un tanto surrealista, pero tiene su encanto.
Una vez en el interior del castillo, en lo que sería el patio de armas, el guía y yo hablamos un rato sobre la fortaleza, su historia y, amablemente contesta a todas las preguntas que le hago. Su perro guardián nos contempla con desinterés y una vez comprobado que no soy una amenaza para su dueño se aleja y desaparece de mí vista. El guía me indica cómo puedo hacer el recorrido por el castillo y los lugares de interés. Me deja a mi libre albedrío moverme por todo el recinto sin ninguna restricción más allá de aquellas que son de sentido común. Jamás me hubiese imaginado algo así, es como un pequeño regalo, teniendo en cuenta que, en todo el recorrido, que no duraría más de una hora, no me topo con ningún otro visitante. Solo y entre piedras muchas veces centenarias. ¿Se puede pedir más?
Voy de sorpresa en sorpresa, tal vez la mitad del recinto principal lo ocupa una antigua iglesia gótica. Se mantienen en pie sus bellos pilares y el arranque de sus arcos apuntados, con las siempre extrañas marcas de cantería, aleatoriamente repartidas aquí y allá en sus bien trabajadas formas. Es una iglesia de tres naves, amplia, rematada por un elevado ábside. En realidad, la iglesia precede en el tiempo al castillo, que aprovechó su enorme cabecera para convertirla en una impresionante torre del homenaje semicircular. Lo extraño de esta iglesia no es que se convirtiera en fortaleza, hay muchos ejemplos de ello, sino sus dimensiones, sorpresivamente grandes en el siglo XIII, para dar consuelo espiritual a la que no sería entonces más que una pequeña aldea.
Accedo a la otra parte del recinto, un palacio a todas luces renacentista, con sus bellas arquerías, su escalera precedida de un magnífico arco sobre capiteles ménsulas, y llego a los corredores de la primera planta que me dan una panorámica del patio magnifica. En las enjutas de los arcos se ven los blasones de sus antiguos dueños: el menguante lunar de Don Álvaro de Luna y el mantelado sobre dragón de Don Beltrán de las Cuevas, signos de pasadas glorias. Todo de buena cantería, muy reconstruido eso sí, pero respetando lo existente y distinguiéndolo de lo nuevo.
Estoy ansioso por subir a las alturas, a pesar de saber que lo pasaré regular. Mi mal de altura se ha acrecentado con el tiempo. El vértigo no viene del temor a caerse, sino de la atracción que ejercen los abismos. No sé si fue Sartre el que dijo aquello de que: “…lo peligroso de subirse a un muro alto no es que puedas caerte, es que puedes tirarte”.  En fin, lo cierto es que llego a la parte de arriba del ábside sobre la torre del homenaje, pero allí no hay una panorámica del exterior, está solo parcialmente reconstruido. Sin embargo, descubro que, para llegar a una interesante torre albarrana, similar en función a las que hay en la Ciudad Invisible, tengo que pasar por un adarve que apenas mide ochenta centímetros de ancho. A un lado del adarve están las almenas, y el vació al otro solo separados por una, para mí, invisible barandilla. Calculo que son unos cincuenta o sesenta metros que se me van a hacer muy largos. Los atravieso como un caballero medieval accede a un ordalía necesaria para probar su valor.
Aprecio desde allí el panorama interior, el solar de la iglesia, e imagino a feligreses del pasado escuchando las incomprensibles palabras latinas del sacerdote. También conjeturo la sombra de silenciosos centinelas en las negras y frías noches de invierno, gente anónima, ánimas tal vez perdidas, tal vez unidas a Dios para siempre. Únicamente los blasones hablan de nombres, pero ¿qué son los nombres? ¿Qué es verdaderamente la memoria, un símbolo, una realidad? Estos pensamientos me retrotraen a pasadas lecturas. “…los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo se lo traga la nada.”[1] Nos da miedo el vacío, nos da miedo saber que no seremos, como no lo fuimos. Tal vez por estas razones construimos, creamos arte, escribimos, luchamos y amamos, tenemos fe, gobernamos y vamos más allá que otros. Pretendemos permanecer, seguir viviendo, no sé si como lo decía Unamuno.
 “No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí…”
Salgo del castillo con una sensación agridulce, el recorrido no muy largo me ha regalado multitud de sensaciones: misterio, admiración, eternidad, euforia al vencer el vértigo, sensación de pérdida y miedo existencial. Todo ello te lo puede dar una pequeña excursión sin pretensiones, sin intención apenas, aunque tal vez ese apenas no necesite mucho para hacer germinar la imaginación.
Vuelvo a mirar los muros, y siento los murmullos del pasado, susurros que las secretas piedras mantienen en el tiempo, porque únicamente ellas parecen imperecederas, solo ellas resisten, tienen memoria y dan fe de las gentes que las habitaron.


[1] ECO, UMBERTO. Apostillas a El nombre de la Rosa. Palabra en el tiempo. Lumen 1984.

martes, 5 de junio de 2018

Red House


Una casa de cuento, eso es lo que es Red House. Esa es la primera impresión que te llevas al contemplar las cubiertas inclinadas, los muros de ladrillo rojo en los que se abren ventanas de formas circulares y apuntadas, o el pozo, con un fantástico tejadillo puntiagudo que ha quedado para los restos, como la icónica cubrición de los castillos medievales. Sin duda William Morris buscó en el Medievo las formas que en su imaginación representaban lo genuinamente bello de un pasado no por menos idealizado, menos necesario para construir su ideal de vida. No importa que la inspiración viniera directamente del gótico francés, ni de su más cercano Estilo Tudor, William quería moverse, trabajar y vivir en una casa que podía situar en algún lugar de su mente en aquella mítica Camelot de las leyendas artúricas. 
Pero William, un hombre incalificable e inclasificable, no solo contempló su huida al pasado en la arquitectura de su vivienda. Cada objeto que en ella hay, desde las vidrieras de las ventanas, los tapices, los muebles, las pinturas, la decoración de las puertas, las alfombras, hasta el último detalle por pequeño que sea, que puebla y decora esta casa, recuerda a ese pasado real de Chaucer o menos real de Arturo y tiene siempre como estandarte la belleza.
Casi puedo imaginar las reuniones que tenían lugar en aquella casa donde Morris haría de maestro de ceremonias, vestidos todos con ropajes medievales. Lo veo junto a sus amigos y colaboradores, aquellos mismos amigos que decoraban con total libertad cada habitación, cada rincón de la casa. Seguramente se veían como aquellos caballeros que, en torno a la tabla redonda, rodeaban a Arturo en busca del Grial místico. Para ellos el progreso no era en absoluto alentador, ni para ellos ni para la mayoría de la gente. El mundo real en el que se movía Morris eran las feas y contaminadas ciudades industriales británicas de la segunda mitad del XIX, donde todo atisbo de trabajo artesanal propio de los tiempos pretéritos había desaparecido. Los obreros vivían una misérrima existencia ajena a todo arte que vive, poco o mucho, en cualquier artesano. Un trabajo mecanizado, abrumador, deshumanizado que lleva a la alienación, no podía pasar desapercibido a Morris y, partiendo como siempre ocurre en la literatura, de un utópico pasado, denuncia una realidad absolutamente inasumible por una mente decente.
Llego a la exposición en el justo momento en el que va a comenzar una visita guiada. No suelo unirme a ellas porque me gusta vagar por lo expuesto con total libertad; pero sin que me dé cuenta estoy escuchando la exposición de la mujer que se encarga de esos menesteres. Habla con calma, la precipitación asfixia a los oyentes, que no quieren, que no deben saberlo todo, pero ella no actúa así. Busca puntos de interés, de observación, de reflexión, el personaje lo requiere. Recorro las pocas salas tras del grupo, no quiero verlo todo a primera vista, sé que nada más acabar la charla volveré a empezar a mi ritmo y me detendré donde me plazca. La exposición no es extensa, pero con la cuidada selección y esmero que la Fundación Juan March suele ofrecer. Cuatro o cinco salas nos llevan por un recorrido fascinante de objetos utilitarios y bellos a un tiempo, que muestran una poderosa personalidad creadora, la de William Morris y el movimiento Arts and Crafts. 

Pero ¿qué se puede decir de este hombre para no quedarse corto? Probablemente nada de lo que diga lo definiría con claridad y totalidad. Morris es uno de esos artistas que no se detiene en una única rama del arte, un hombre del Renacimiento que amaba el Medievo y que vivía en época victoriana. Un artista fuera de tiempo, que lo aprovecha hasta límites sobrehumanos, pues así debe ser aquel que toca tantos palos en una sola vida. Empresario, artesano, escritor, impresor, ilustrador, tejedor, tipógrafo…todo arte le fascinaba y lo practicaba; pero sobre todo aquél que nace desde el artesano, desde el anónimo hombre que no va a firmar su obra, que no pasará a la posteridad ni a los museos. Y del mismo modo que el arte nace desde el humilde taller, no debe llegar únicamente a unas élites ilustradas sino a todo ser humano capaz de usarlo y al mismo tiempo admirarlo. Porque él admiraba lo bello, pero siempre dentro de la utilidad. 
Dignificar a ese anónimo personaje creador de las vidrieras de una catedral, escultor de sus góticas formas, iluminador de códices maravillosos, ese era su fin. Un camino del arte que hace del individuo su principio y conclusión y que en consecuencia es absolutamente totalizador. Amigo de Edward Coley Burne-Jones y de Dante Gabriel Rossetti, Morris conoció a través de ellos la pintura prerrafaelista y las teorías estéticas de John Rusky. Se movió, por tanto, en un entorno fascinante y creador, que él mismo prodigó desde su emprendedora actividad empresarial y artística.
Admiro los finos diseños de sus papeles y tejidos pintados, hechos con tintes naturales vegetales que le dan unos tonos suaves y delicados. Son estampaciones a partir de patrones de madera y sus tenues tonos daban al resultado un acabado similar al que provoca el paso del tiempo. Su decoración es vegetal, repetitiva, que imita la naturaleza en su exuberancia, pero no aburre, sino que regala a los ojos esa sensación de plenitud que nos conmueve cuando los modelos reales nos rodean.
La vista no es capaz de seguir el ritual de un recorrido bien definido porque, no bien se fija uno en una pieza de azulejería, que permite la repetición con mayor prodigalidad que los papeles pintados, o en los muebles sencillos pero decorados con gran gusto, o los artículos de escritorio o piezas de cerámica, ya ha fijado uno los ojos y aun el alma en las magníficas vidrieras. Si un arte es reconocible en el mundo gótico son ellas, que pueblan los impresionantes ventanales de esos monumentos misteriosamente luminosos que son las catedrales. En cierta ocasión visité la catedral de León, era un día lluvioso, triste, no era el mejor día para ver y admirar la luz entrar por aquellos ventanales; sin embargo, al penetrar en la catedral me emocioné, la luz seguía siendo impresionante. No he vuelto allí, lo que sí recuerdo es haber pensado: “Si esta luz atenuada por las nubes y tamizada por esas magníficas vidrieras es tan poderosa, qué no será un día con la intensa luz del sol”. La iniciativa de este movimiento artístico no solo puebla las iglesias con ellas, también invaden el espacio privado, las casas, y su resultado no es menos espléndido. Explicar su contenido es inútil, basta contemplarlas, con eso es suficiente.

Pero, si por algo tengo debilidad es por los libros y es en ellos donde me detengo más. Morris investigó y diseñó nuevos tipos de letras que luego aplicó a estupendos ejemplares de obras clásicas y a la narrativa suya. No solo se quedó en las letras, en sus formas, sino que, imitando esa obra de arte supuestamente menor que son los códices medievales, rodeó aquellas con una decoración exuberante que hizo de sus libros objetos de arte únicos. Y no me estoy refiriendo solamente a la decoración interior, (letras capitales, tipos, decoración grutesca) sino a las portadas, en las que colaboraron pintores de la talla de Rossetti.
Me voy con pena de la exposición, cada pieza, cada cuadro es irrepetible allí.  Cuando finalice la exposición, eso lo saben quiénes con dedicación la han montado, todo será un sueño, por eso escribo estas letras, para perpetuar en mi mente las sensaciones que recorren mi espíritu al admirar cada tejido, cada pieza de cerámica.
Al regresar a casa busco información sobre los libros que escribió William, la mayoría obras sobre arte y ensayo, poesía e incluso de política; pero descubro con sorpresa que también escribió ficción. La última de sus obras se titula Sundering Flood, fue publicada póstumamente en 1897 por su hija. El final de esta obra lo dictó Morris en su lecho de muerte. No cabe más novelesco final. Se trata de una novela fantástica con elementos sobrenaturales que recuerda los libros de caballerías. Al principio de esta incluso aparece el mapa de una región totalmente inventada, (algo que me ha recordado a J.R.R. Tolkien) donde se desarrollan los hechos en torno a un gran río, que da nombre a la novela. Parece que la culminación de su polifacética vida artística que no se separó mucho de su cotidianeidad, fue esta obra de ficción, ideal de sus sentimientos, de su destino vital. Fue la cúspide de una intensa vida, llena de logros empresariales, artísticos y también sociales.
Creo firmemente que cuando el mundo que te toca vivir no te gusta, es lícito que puedas crear uno a tu medida. Si pensamos que todo esto es una utopía y una pérdida de tiempo propia de ilusos, debemos meditar sobre la necesidad de todo ser humano de forjarse un destino, un ideal de vida, algo que nos enganche a ella para siempre, que nos aleje de la nada. La vida no espera, eso, en definitiva, lo hace la muerte. 


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Evasión de la realidad

Unos días atrás un amigo me había propuesto hacer una colaboración para una revista de arte. Se trataba de escribir pequeños artículos sobre exposiciones alejadas de los grandes focos mediáticos, pero no exentas del sabor y el interés que estos lugares dispersos muestran. Le dije que no podía comprometerme a enviar con regularidad dichas colaboraciones, pero eso no pareció importarle.  “Escribe —me dijo— y luego ya se verá”.
La galería de arte estaba en un edificio de ladrillo antiguo que contrastaba con el entorno populoso y activo de su calle. Parecía un milagro que aquella casa, a todas luces un rescoldo de la antigua vitalidad comercial de la Ciudad Invisible, no hubiese sido derribada en su día para no desentonar con la fea y grotesca arquitectura utilitaria que la acompañaba. Al terminar mi visita comprendí parte de ese milagro, si es que los milagros pueden ser escoltados por la razón.
Cuando me encontré frente a la trabajada madera de su puerta intuí que iba a acceder a un mundo perdido, una reserva de ilusiones consentidas únicamente por el tesón y la obstinación de algún mecenas desconocido.
Después de un rato que me pareció largo, abrió la puerta un hombre de edad ya avanzada, me sonrió y me hizo pasar a un salón que, con toda seguridad era la sala de exposiciones. Más allá divisaba un patio con una arquería bajo la cual adivinaba formas escultóricas abstractas. El ladrillo de las paredes y de pilares, se mezclaba hábilmente en su estructura con pies derechos y vigas de madera restauradas. Una escalera del mismo material que ascendía a un desconocido piso superior era promesa de otras atrayentes estancias.
La sala de exposiciones no era un espacio vacío desde el cual observar las paredes cubiertas de pinturas, sino un cúmulo de ambientes delimitados por sillas y mesas de estilo castellano. Aquí y allá se apreciaban formas cerámicas, lámparas grandes y pequeñas, decorativas plantas y objetos de escritorio que daban cercanía a un cálido ambiente, matizado por la luz que se posaba mansamente sobre los volúmenes de suaves tonos.
Como era ya bien entrado el otoño no paramos mucho en el patio, no hubiese sido un mal rincón de charla en meses tórridos, pero ya hacía frio. Me condujo en su lugar a un salón de estar ya en la parte de la casa que tenía por vivienda. Mientras tomábamos café hablamos de temas diversos, de la decoración y restauración de la casa, en la cual había invertido, como en un pozo sin fondo, cuantiosos medios. No se arrepentía de ello, pues aquella casa era a un tiempo su lugar de trabajo, vivienda y lugar de tertulias varias. También hablamos de libros, sobre todo del Decadentismo de finales del XIX y de la visión sesgada que tenemos hoy de aquellos escritores.
—No reprocho a la gente que trata de huir de la realidad —comentó al levantarse con torpeza—. No apruebo la despectiva actitud con la que se define a los que se alejan momentáneamente de ella para obtener otras experiencias que, aparentemente la realidad no nos da. Como si la fantasía fuera una prueba de su torpeza, o de su locura para enfrentarse a lo real. Todo ello es falso, claro está, puesto que todo nace de nuestra naturaleza y en ella está también la capacidad de ensoñación, de la búsqueda del mito y de la creación de mundos paralelos que nuestra mente crea para sentirse bien. Sígame, le mostraré algo que le interesará, es mi pequeña pasión.
Ascendimos por la escalera al piso superior. En una de las habitaciones que dan a la fachada tenía su despacho, en realidad una amplia sala que le servía de lugar de trabajo y biblioteca. Contenía además una pequeña colección de cuadros que cubrían las paredes bañadas por la generosa luz de los balcones. Entendí claramente las preferencias de mi anfitrión, los lienzos y tablas eran todos reproducciones de un solo autor: Gustave Moreau, un artista entre la pasión romántica y el simbolismo del cual fue precursor.  
—Entenderá caballero que la evasión de la realidad debe tener un espacio físico que lo acompañe, que lo inspire, un ambiente desde el que partir a otras realidades paralelas. Este es mi lugar de tránsito.
—Lo entiendo perfectamente. En mi caso, no tengo un lugar así, sino varios. Cuando busco esa evasión indago fuera —le comenté—pero, dígame, ¿quién hizo estar reproducciones? Son sencillamente perfectas.
—Las hizo mi mujer a lo largo de los años, únicamente con la intención de complacer mi deseo de tener esos cuadros cerca de mí. Yo jamás entraba en su estudio en el que se encerraba durante meses. En señaladas fechas me entregaba las obras, que iban progresivamente llenando las paredes de mi refugio. La conocí en la universidad, yo estudiaba Letras y ella Bellas artes. Sigo siendo enamorado de aquellas, mas como puede comprobar, me pasé a su terreno con armas y bagajes.
Me acerqué un poco a admirar el primer lienzo. No era una obra completa del original sino un fragmento de la misma que corresponde a un cuadro de Moreau, en la que se representa la danza de Salomé frente a Herodes. En ella solo se muestra la figura de la joven, tiene en su mano unas flores blancas, símbolo de pureza. Su vestido, de un barroquismo exótico apabullante, es una auténtica muestra de fantasía oriental muy del gusto del XIX.
—Tal vez su mujer pretendió centrarse en el verdadero leitmotiv del cuadro de Moreau —interpreté— quizá quiso eliminar los rastros de corrupción del entorno que rodeaba su figura.
—Ella nunca explicaba las cosas que hacía, decía que en el arte solo caben sensaciones. No sé con qué intención centró el motivo de su obra, solo sé que acertó y ahí está presidiendo esta sala.
—Pero los símbolos son claves para el alma que contempla —argumenté— son esa explicación. Si se quiere un camino para llegar al alma del artista.
—Para quienes son ajenos, sin duda lo son, pero el cuadro era para mí. Ella conocía mi alma tan bien como yo conocía la suya, en esa conexión no necesitábamos mediación, solo belleza que la representara.
Este cuadro era escoltado por dos escenas totalmente diferentes, dos mitos griegos que conocía bien. Sobre todo Edipo y la esfinge, una obra llena de misterio y hechizo, donde los rivales se miran intensamente antes del desenlace del acertijo que la esfinge lanza al mítico rey de Tebas. Siempre me fascinó este cuadro. Su paisaje dantesco y su primitiva concepción renacentista atrapa, al igual que nos atrae la idea de la lucha contra el destino, una recurrente baza literaria.
El otro cuadro, Diomedes devorado por sus caballos es una terrorífica imagen que contrastaba con las otras dos. Aunque en seguida traté de buscar un significado al conjunto, no acerté a encontrarlo. Mi anfitrión adivinó mi confusión.
—El arte en ocasiones es un muy buen instrumento moralizante, pues es fácil combinar sus símbolos y adoptarlos como advertencias para nuestra vida. La maldad termina pagándose, el destino nos alcanza siempre. ¿No le parece?
—No creo en el destino, —le contesté— en cuanto a la maldad, no estoy seguro de que se termine pagando, para ello el mal debe tener conciencia, pudor, no sé. Ojalá fuese así, pero no lo creo.
—Recuerde para quien son estos cuadros. Uno siempre peca, aunque no pretenda hacerlo, por hecho u omisión. Diómedes y Edipo responden a dos formas de hacer el mal.
Sus enigmáticas palabras me siguieron hasta los otros tres lienzos que me quedaban por ver en la estancia. Todos representaban a mujeres: la sensualidad de Cleopatra en un entorno entre ideal y onírico; la bíblica Dalila y, por último, otra representación de Salomé en La Aparición.
—Mujeres fascinantes, las de Moreau —susurré—, malvadas, pero bellas y siempre atrayentes.
El hombre dirigió su mirada a un panel entre dos librerías que me pasó desapercibido. Aparentemente nada había allí que justificara ese hueco sin más. Se acercó a la pared y accionó un mando casi invisible. El panel se movió lentamente para mostrar, ante mi asombro, el retrato de una joven mujer. No tuve dudas de quien se trataba. Sus ojos seguían al observador allí donde este se moviese y había en su mirada una suficiencia contenida, de quien sabe que es dueño de sus actos sin recrearse en ello.
—Ella era fascinante bien lo sé —contestó el anciano— la hubiese aceptado con todas las maldades del mundo. Y sin ellas que puedo decir…Era simple y adorablemente bella, culta, vital, real y ficticia a la vez…

Miré a mi interlocutor, tenía lágrimas en los ojos, unas lágrimas silenciosas, aquellas que salen de un viejo dolor, ya cauterizado en apariencia y tan profundo que permanece bajo las cicatrices del alma. Comprendí que mi visita había terminado. Al salir el hombre me dio la mano. No hubo más palabras, solo miradas de comprensión.
De regreso a casa decidí escribir este artículo. Moreau era la excusa. Recordé que él también había tenido un gran amor: Alexandrine Dureux, muerta en 1890. El arte no es ajeno a la vida, ni a sus sufrimientos.





jueves, 5 de mayo de 2016

Cervantes y Doré





“Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarle el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.”
Don Quijote de la Mancha, Par. I Cap. 1
El libro era pequeño, de papel barato y amarillento. Las letras menudas y apretadas para que en un solo volumen se concentrara la obra. Que yo supiese llevaba en casa desde que tengo uso de razón. La casa a la que me refiero es la de mis padres, pero luego continuó en la mía. Recuerdo haber visto a mi padre leerlo y también recuerdo haberlo hojeado. No sé con qué años, no sé en qué momento, aunque lo único que sí sé es que me gustaban mucho los sorprendentes grabados que, en una edición tan modesta, salpicaban la lectura aquí y allá. Luego he sabido que estas estampas abigarradas y llenas de ingenio e imaginación las ejecutó un francés que se llamaba Gustavo Doré. El librito al que me refiero es una modestísima edición del Quijote, la primera que tuve entre mis manos, en la cual ambos artes se conjugaron, formando un objeto bello. Nunca arte y literatura se unieron con tanto tino y gallardía. Si la obra del genial manco te hace soñar, vivir aventuras sin cuento y salir de esta vida para vivir otras mil, las representaciones de Doré, lejos de simplificar lo escrito, lo enriquecen y lo multiplican a su vez.
Uno no debe leer el Quijote cuando puede sino cuando quiere y, yo leí el libro de los libros de la lengua castellana con más de treinta años. No me sabe mal decirlo, ni reconocer mi tardío deseo de enfrentarme a él, porque una vez iniciado, ya no pude dejarlo. Lo concluí con la pena de saber que no volvería a tener una experiencia semejante en lo tocante a una forma de narrar en mi lengua que no he vuelto a conocer. Todo ello por más que haya leído muchas y muy gratas obras posteriormente. Nunca antes ni después he sentido, al leer un texto en español, tanto orgullo y acumulada tanta suerte por haber sido educado en la lengua de Cervantes. Supongo que ningún hispanohablante que haya leído la obra, le debe ser ajeno este sentimiento, como lo debe sentir un angloparlante al leer a Shakespeare; porque ninguna traducción puede acercarse, por seria que sea, al maravilloso privilegio de pensar en una misma lengua.
No sé si me dormí, no sé si lo he soñado, lo cierto es que una tarde de invierno me senté en mi sillón favorito para hojear más que leer El Quijote. Paseé por esos grabados antedichos hasta que supongo me venció el sueño. Cuando me siento cansado y comprendo que mi lectura no va a durar mucho, cojo una obra clásica y le doy vueltas, leyendo aquí y allá, hasta que los ojos se cierran y entonces empieza el sueño o la ficción que en eso, no sé cuál de los dos triunfa. Me veo blandiendo el acero en la diestra y el libro en la siniestra como lo hace nuestro hidalgo, y no sospecho, como él, que tras el sortilegio de la letra se esconden encantamientos, demonios, gigantes, monstruos de toda especie y doncellas, como no, sometidas en espera de que mi brazo las libere. Los rivales por doquier se amontonan e invaden los dominios de mi espíritu, para evitar que triunfe y lleve mi fama por todo el orbe.
En mi ensoñación lucho con ejércitos numerosos, ya sea transformados en animales, paisanos o molinos a causa de conjuros o defendiendo un puente contra un enjambre de enemigos. No importa que la razón diga que esto es imposible, la razón no impera en los sueños, como no lo hace en la ficción y con ello cuento, como contaba Alonso Quijano. Ella me acompaña en forma de escudero, la escucho y sopeso sus consejos pero en mi mundo, en el que me he creado, no llegaré lejos si me atengo a lo que me susurra constantemente.
Así me dice que, aquello que yo veo claramente como gigantes, no son sino los amenazantes y fantasmagóricos molinos de Doré. Me dice que no los arremeta, que no luche, que no demuestre mi valor ante ellos, que muera al fin sin demostrar lo que valgo y eso, aunque sea derrotado por sus garras en forma de aspas, no lo puedo consentir.
A fin de cuentas, ¿No estamos hechos sino de sueños, de ilusiones que intentamos transformar en expectativas de realidades? No, he calado mi yelmo, la lanza en ristre, azuzado el rocín, ya no hay vuelta atrás, enfilo hacia el primero de los monstruos…
Las Visiones de doré pueblan mi mente, son miméticas interpretaciones. ¿Acaso el arte no nació de eso, de la mímesis? ¿ no es en esencia un sueño de otro sueño? Son bellas visiones personales, intencionales, como en otro contexto lo es la ficción de Trapiello al continuar con la vida de los personajes de Cervantes. Tal vez Andrés Trapiello hizo lo que Don Quijote le daba gana de hacer con los libros de caballerías:
“…y muchas le vino el deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete.”
Cervantes no solo anima a leer, anima a contar. Es en esencia un paradigma de identidad en la que podemos mirarnos y no hablo solo de identidad colectiva, ya para eso escribió Julián Marías un libro ensayo precioso sobre Cervantes y lo español. No, yo hablo como ser humano, en el que se puede reconocer cualquiera. Lo universal vive en Alonso Quijano, por ello pervive en nuestra memoria.
Volviendo a Doré me doy cuenta de que, en mi biblioteca hay algunos libros con más grabados de él, en los que apenas he reparado. Uno de ellos es sin lugar a dudas el éxito de ventas de todos los tiempos, muy por encima del Quijote: La Biblia. Si Doré consiguió aunar con verdadero oficio, arte y literatura, en esta ocasión hace lo mismo con la fe. Otro tanto aprecio en otra obra medieval llena de visiones apocalípticas, tan terroríficas como bellas, sublimes en una palabra. Estoy hablando de La divina comedia y sus particulares visiones infernales, no otra cosa que dantescas. Luego he sabido que afrontó la ilustración de otras obras menos capitales, aunque sí universales, como las ilustraciones de Edgar Allan Poe para su poema El cuervo.
Doré, en definitiva, parecía tener un afán totalizador respecto a su obra. Icónicamente lo consiguió, pues sus imágenes han quedado fijadas en el subconsciente colectivo en cuanto a las representaciones de esas obras literarias se refiere. Hoy en día se aprecia como única premisa a considerar en el arte o en cualquier actividad, la originalidad, , una cualidad que, dicho sea de paso, es menos común de lo que creemos. Con frecuencia los genios transforman más que crean, no desmereciendo en nada su obra. Gustavo Doré no es valorado como merecía en su época, tal vez nunca lo fue, pero ahí están sus grabados, una y otra vez repetidos hasta el infinito.

Desperté del sueño pero no de lo que él ha sembrado en mi mente y, como Don Quijote, hago preparativos para mi primera salida. Eso y no otra cosa es vivir, prepararse para enfrentar nuevas aventuras. No importa el tiempo que nos quede, no importan nuestras menguadas fuerzas, nunca es tarde para ello.